No pocos, cuando niños, odiamos la aritmética apasionadamente. Sólo que lo difícil a esas edades no es entender el mundo de los números, sino tener que hacerlo a despecho de tantos distractores. Es duro concentrarse entre tantos escuincles desmadrosos, y todavía más cuando eres uno de ellos. Un chiste inoportuno, un mensaje en un trozo de papel o un puntapié debajo del pupitre pueden ser suficientes para que, cuando mires de vuelta al pizarrón, lo encuentres saturado de caracteres chinos.
Mi madre era muy buena con las cuentas. Se ufanaba de multiplicar y dividir sin la ayuda de lápiz y papel (práctica que a mis ojos de niño despistado era una mera rama de la brujería). ¡Ay de mí si llegaba a descubrirme contando con los dedos! Varios años y algunas jaquecas más tarde, encontré que los números son como los amores: sólo te recompensan si todo sale bien. De otro modo se vuelven tus verdugos.
Recuerdo que tampoco me gustaba bañarme, ni cuando mi papá me torturaba cortándome las uñas de los pies, y todavía menos tener que soportar una inyección. De poder elegir, no habría siquiera puesto un pie en el colegio. Sobra decir que mis progenitores nunca habrían consentido en solapar al embrión de indigente que candorosamente me proponía ser. Tampoco mis maestros tuvieron una pizca de piedad a la hora de recetarme un cero, y automáticamente sentenciarme a sufrir toda suerte de gritos, castigos y sopapos.
Recuerdo a un compañero, ya en la preparatoria, que jamás hizo frente a una ecuación, pero igual se ufanaba recordándonos que su familia tenía mucho dinero, mismo que en su momento él usaría para poner a otros a hacer sus cuentas. Mejor dicho, para pagarse el lujo de ser un inútil, amparado en la ley del menor esfuerzo. ¿Y no es esta, por cierto, la tragedia de muchos herederos, tan pobres y vacíos que en la vida no tienen más que dinero? Dirán que los envidio, cuando lo cierto es que los compadezco. Debe ser terriblemente aburrido vivir sin desafíos, asumiendo que todo lo mereces porque ya lo tenías al llegar.
“Lo diabólico de los números es lo sencillos que son”, dice Hans Magnus Enzensberger en El diablo de los números, probablemente el más ligero y divertido de todos los libros de aritmética. Hay, no obstante, quien cree que vale más ahorrar a los alumnos la tortura de aprender a hacer cálculos y lanzarlos así —torpes y desvalidos— a enfrentar los problemas de la edad adulta. Flaco favor si son hijos de ricos, pero un crimen infame cuando no lo son.
Evitarle la pena a un estudiante de dar la cara a obstáculos y frustraciones no es solidaridad, ayuda ni empatía, sino abandono vil y despiadado. Ninguna educación garantiza per se un destino próspero, pero la falta de ella —para colmo, en el nombre de la “sensibilidad social”— es una inapelable condena a la miseria. Ciertamente la vida ya es difícil para quien no dispone de lo necesario, pero hacérsela fácil a despecho de su crecimiento intelectual es simplemente acabar de jodérsela. Aprobar a un alumno irregular, con la intención obtusa de compensarle, viene a ser un desahucio compasivo.
Comúnmente se sienta uno a hacer números para saber en dónde está parado. Qué tiene, cuánto debe, qué le falta para dar curso a sus propósitos. Se entiende que es más cómodo dar la espalda a esas cifras, pero el precio es vivir en la mentira y cualquier día de estos despertar en el hoyo. Ahora imaginemos la congoja de quien es incapaz de hacer sus cuentas y depende de otros, comúnmente abusivos, para hacerlas cuadrar. ¿No equivale ese idiota despropósito a cortarle la lengua y exigirle que cante? ¿Cómo es que quien se jacta de proteger a los necesitados se inclina por hundirlos en la ignorancia? ¡Habrase visto semejante clasismo!