Un joto al que no le guste la música disco es un buga hincha del Cruz Azul, atrapado en el cuerpo de alguien como Pedro Sola.
Me fascina la música disco, a tal grado que treinta y tantos años después confieso el crimen a las primas de mi madre: si alguna vez notaron que faltaban acetatos, fui yo el mocoso lacra quien les vació la estantería.
Aprovechaba cuando la gente grande regresaba a las botellas de Don Pedro para hurgar detenidamente hasta dar con las portadas que enfundaban la música que ellos mismos ponían cuando la medianoche se aproximaba, sobre todo en los años nuevos. Una música irresistible, con un ritmo que priorizaba con densidad, el bajo y a la batería y se te metía a las caderas en modo intravenosa. Mis tías, habitantes de un prometedor Azcapotzalco en ese entonces, no eran muy pervertidas y la música disco no duraba mucho. La ansiedad por la cumbia o salsa chilanga (nunca he podido distinguirla con fundamento) le pegaba como la eriza. Entonces me escabullía para grabarme perfectamente sus portadas en la mente y planear mi delito, que fue cosa de años, solo podía avanzar unos cuantos pasos por cada visita desde Torreón. Las portadas eran fantásticas. Por ejemplo, Melody editó unos sencillos que se llamaban Disco Dance Supersonido 33, cuya modelo en la portada recreaba el erotismo de Helmut Newton, con todos los títulos en español y la leyenda de El disco es cultura. La colección Disco-Tec /Sencillo de la RCA prensaba los acetatos en colores radiactivos, un juguete que cuando giraba obtenías horas infinitas de placer. Cogía el disco, lo metía bajo el sillón y cuando los adultos carcajeaban y bailaban como si no existieran ni los escritorios ni los lunes, corría a poner el vinil hasta lo más recóndito de la maleta.
Recordé que a los 7 u 8 años me convertí en un delincuente infantil, cuyos cargos debieron ser robo de maxi singles de música disco, con la sentida muerte del gran Mario Vargas. Su voz fue la mitad de la sustancia de aquel show, Fiebre del 2 con Fito Girón, Chela Braniff y Silvia Pasquel; desde luego las cortinillas de Stereo 100.
En México no podemos entender la bola de espejos sin la voz de Mario y sus barroquísimas metáforas: “Con ustedes, la jefa de pilotos de aerolíneas surrealistas sociedad sospechosamente anónima y de capital sumamente variable…”.
Después llegarían el punk y el grunge a mi vida, pero nunca dejé de escuchar, y bailar, música disco. Hasta el día de hoy. Más tarde descubriría que buena parte de sus raíces provenían del drenaje gay, como bien define el músico experimental David Toop en un artículo para la revista británica The Face: “(la música disco) era una celebración underground de la líbido gay traspasada al mundo normal”.
En sus intervenciones del radio show Back to disco, Mario Vargas hablaba de la importancia de los homosexuales en la gestación de la disco music, dejándose ver como un gran aliado del colectivo gay. Su voz llegó a sonar una que otra vez en la Marcha, cuando la música de fondo salía de un cd.
Sin embargo, poquísimos gays lo mencionaron como un ícono gay que nos reconocía y nos ubicaba, a los jotos, capaces de impactar de forma definitiva en la historia de la música y la música electrónica.
En el libro Out in culture, Gay, Lesbian and Queer Essayson Popular Culture editado por Corey K. Creekmur y Alexander Doty, proponen que en la apropiación de determinadas figuras de la cultura popular al imaginario gay, algo tiene que ver cierta facilidad de imitarlos, en lo camp o en la forma en que convivimos con el resto de la cotidianidad, mayoritariamente buga.
Luego veo que en portales como Escándala no se rinden en su intento por hacer de los integrantes de Únete a la fiesta nuestros representantes.
¿Cuáles son los requisitos para erigir un ícono gay, en México, y en estos días de circuit y nostalgia por Magneto y Mercurio? Yo, prefiero íconos que incendien la pista, que me induzcan a la curiosidad, a cierto grado de autoterrorismo, que nos reconozcan como un colectivo perturbador y creativo y no consumidores de canciones básicas. Sí, son buenos accesorios de plástico para la jotería, pero luego, ¿qué?
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