De las cosas que más me intrigan de la próxima marcha del orgullo en la Ciudad de México son esos gays lloriqueando porque muchas marcas se han bajado del arcoíris.
Entre sus fatídicas consecuencias, según ellos, está que “dejan el panorama comercial para creadores LGBT+ tristísimo”, como leí en redes sociales.
Otro comentario culpaba a la derecha de que sólo dos marcas llevaran a cabo campañas de Pride. Peor aún, que una de ellas decidiera pagar sólo con producto.
Pensé que los creadores tenían orgasmos de felicidad cada que se grababan a sí mismos haciendo unboxing de productos hasta la náusea.
Lo paradójico es que esa nostalgia por el marketing gay que ataca a mucha banda lgbt+, que podría describirse como una suerte de hauntología rosa siguiendo la propuesta del pensador Mark Fisher, es la materialización de nuestras demandas.
Lo venía advirtiendo Don Lilio en su novela "White Noise", una de las funciones involuntarias del consumismo es mantener el equilibrio funcional de nuestra sociedad enajenada de convenciones elementales, como la inclusión, la pertenencia o el miedo al aburrimiento y la muerte.
En el caso de los homosexuales, la advertencia de De Lilo se retuerce aún más si se consideran los años de la pandemia del sida.
Jim, mi esposo, cuenta que en las marchas del orgullo gay de San Francisco a finales de los ochenta, él, junto con otros compañeros del colectivo ACT UP, se tiraba al pavimento sin avisar, obstaculizando el recorrido lleno de pancartas, gritos y grúas con globos y DJ. Dice que no fueron pocos los que se encabronaban con el arranque. Un acto de brutal memoria por todos aquellos caídos por el VIH en años en los que a Ronald Reagan, junto con otros gobiernos conservadores, las víctimas del sida les valían madres. Jim no puede compartirme ese recuerdo sin que un nudo en la garganta le rebane las palabras.
Algo similar sucedió cuando Mudhoney, la banda de Seattle previa al fenómeno de Nirvana, lanzó “Touch me i’m sick”, un sencillo que ponía a prueba los discursos de tolerancia y aceptación hacia las personas que vivían con VIH en ese entonces. “Si no te vienes, morirás solo”, cantaba Mark Arm, aludiendo a la eyaculación primitiva, al sexo colectivo afrontando cualquier consecuencia por más suicida que fuera.
¿En qué momento las marchas del orgullo transicionaron de problematizar la mortífera devastación que dejó el VIH a convertirse en un mall de marcas a las que sólo les interesan las ganancias? Las muertes en el colectivo siguen ocurriendo. Se recrudecen conforme los gobiernos conservadores, como los de la era Reagan, regresan al poder.
Ayudados por muchos homosexuales hartos de los malditos zurdos, como se repite en redes sociales.
Cierto, los espectros de lo que se entiende por izquierda han dejado mucho que desear. En Latinoamérica, por ejemplo, son susceptibles a populismos que estandarizan a las poblaciones, dejando a muchas minorías en situación de desprotección intimidante. En el lado norteamericano, los demócratas que, dicho sea de paso, no representan el axioma de la izquierda (aunque Mandami, el actual alcalde de Nueva York, da señales de lo contrario), los valores progresistas se atoran en discursos, en interminables debates identitarios que no terminan por aterrizar en el plano real.
Desde siempre olvidados por Dios, útiles cuando les conviene a los partidos, los jotos estamos solos.
No obstante, gays que validan la derecha tan sólo por mantener intacto el espejismo del consumo no reparan en que, en cualquier momento, esa misma derecha los pateará con lujo de violencia sin importar su poder adquisitivo. Les hará vomitar sangre con el mismo desprecio con el que dejaron morir a cientos de miles de personas con VIH: Dicen, que lo bueno de abrazar a es que ahí están los gays más guapos. Aunque tampoco los veo muy diestros como para agarrarse a golpes con unos homofóbicos de esos que creen en los valores cristianos y la humillación de todo aquel que no se recate.
Estamos retrocediendo en cuanto a nuestras libertades y libertad de ser. Y no, no es culpa del Mundial de Futbol. La marcha ya ha colisionado antes con hinchas que celebran la final de un torneo y aquello terminó en una fiesta inesperada. Nuestra desesperación por el presente nos mantiene en un estado de amnesia. Lo entiendo, ¿cómo no derretirse con la sonrisa de esos influencers cada que el papel celofán cruje antes de mostrar a la cámara el objeto patrocinado por alguna marca consciente de la problemática de las poblaciones lgbt+? Soy un anciano. Tanto como para entender que la autoexplotación que supone mendigar patrocinio y luego generar tráfico con el que monetizar el contenido es un buen síntoma de innovación y triunfo social.