A finales de octubre pasado, la ex senadora del partido Alianza Verde, Claudia López, ganó la elección por la alcaldía de Bogotá, convirtiéndose en la primera mujer cis al frente de la capital colombiana. Después de eso, solo quedaría la presidencia. Hija de una maestra que la apoyó en todo momento y hasta hacerse de un sólido currículo que incluye doctorados en Chicago y Columbia, López es además orgullosa lesbiana. Su discurso de victoria lo selló con un beso a su pareja, la senadora Angélica Lozano. La foto fue un impacto mundial dado el estigma de machismo, misoginia y homofobia que pesa sobre buena parte de Latinoamérica. Cierta nota periodística se ahorró los detalles y simplemente redactó: “Lesbiana gana alcaldía de Bogotá”. Seguramente para el autor, el nombre de Claudia López debía sonarle tan monótono y genérico como una serie de letras en el directorio telefónico rolo: había que resaltarlo de algún modo. Lo problemático fue que el desafortunado encabezado era capaz de sostener la importancia de la orientación sexual de la hoy alcaldesa de Bogotá. Tan transcendental fue que Claudia López no pudo contener el impulso de besar a su pareja frente a sus simpatizantes y decenas de periodistas y cámaras con flashes de morbo robotizado, sin filtros éticos.
Un buen compa, mexicano él, cuestionó la utilidad social de resaltar la palabra lesbiana, por encima de sus capacidades en la administración pública en las notas que relataban la victoria de Claudia López: “No te gustaría más que se exaltaran las capacidades o características de ella. Vale la pena mencionar que es lesbiana, ¿Es lo más importante de su persona?”. Mi compa también es buga y su pregunta, legítima, también carga ese grado heterosexualmente capcioso. Para mí, la putería es muy importante, araño las paredes si no la ejerzo y me siento nadie. Si hubiera características más importantes que nuestra orientación sexual, no habría necesidad de salir del clóset, ni luchar por la visibilidad o marchar en medio de arcoíris flotantes los últimos sábados de junio. Marchas acusadas, incluso por algunos grupos Lgbttti, de promover un libertinaje impúdico en horario familiar, pero en cuyo sensual y desafiante exhibicionismo recae su objetivo principal: exaltar esas características que nos hacen no-hetero, endémicas a nuestras múltiples capacidades, como las de gobernar.
Cada que oigo decir a un hombre buga con pantalones tipos Dockers decirme que los homosexuales tenemos características más importantes que ser homosexuales, me dan ganas de tener sodomía gay en público, quizás en las gradas de un estadio de soccer, como un Diógenes crudo en la era de los audífonos inalámbricos, como un acto vandálico y desesperado para demostrar en qué consiste el verdadero rompecabezas de la diversidad. Si no fueran por esas características, en el caso de los hombres gays por ejemplo, las investigaciones alrededor del VIH seguirían inmóviles frente al estigma y el castigo moral, también cortesía de los bugas.
Asumiendo el riesgo de hundirme en imprecisiones históricas: fue en esa lucha simbiótica entre hombres homosexuales y el VIH de donde la consigna el sexo es política (de algún modo remixeando el original de la feminista Kate Millet) cobró una relevancia social, política, escandalosamente pública. Eran en esos espacios públicos, los que el activista gay francés Jean Nicolas definió como guetos comercializados (bares, discotecas, saunas, clubes de sexo) y no comercializados (áreas de crusing como baños públicos o parques o el último vagón del Metro en el actual panorama capitalino) donde se contraía el VIH y por lo tanto, territorios conquistados para el debate, la discusión y sudorosas búsquedas sobre lo que significa ser homosexual, con todas sus características.
Volviendo a la icónica victoria de Claudia López en Bogotá, pienso que las dinámicas lésbicas son distintas a los impulsos homosexuales. He aquí la notabilidad de la diferencia. Un hombre abiertamente gay, aspirante a un cargo público, se ve en la irrespirable posición de enfrentar la paradoja de afrontar su característica homosexual en un espacio público que para el filósofo Jürgen Habermas, una de sus características, era la de ser dominado por una burguesía moralmente manipulable, e hipócrita y quizás no estaba del todo equivocado, basta recordar cómo devoraron a Bill Clinton por su episodio con Monica Lewinsky, reduciendo la compleja sexualidad humana a un espectáculo de buenos y villanos. ¿Cómo sería la reacción de la sociedad al enterarse, gracias a la viralidad de un smartphone con suerte, que su alcalde orgullosamente gay es captado saliendo de un sauna gay sucio y extremo como el G.I. Joe de Montreal? Quizás por eso todos los hombres gays que se postulan o llegan a puestos gubernamentales de altísima visibilidad, tienen que hacer de su orgullo un escudo asexuado, desligándose de aquella consigna de lo sexo es político, pues de lo contrario, sus plataformas serían susceptibles de ser percibidas como malos ejemplos, sobre todo para los jóvenes, desviadas o poco importantes frente a sus otras capacidades.
Entonces, ¿qué tan importante es la característica homosexual si al final pareciera que la política fuera un bucle donde todo empieza y termina con la lógica buga? Esa que dice que hay características más importantes que ser uno mismo.
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