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Domingo , 24.03.2019 / 15:49 Hoy

Noches de Ópera

Una ‘Lucía’ pictórica en Bellas Artes

Vladimiro Rivas Iturralde

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Lucía di Lammermoor (1835) es una ópera que huele a polvo. Su historia romántica de pasiones elementales, sus colores sombríos —acentuados por la figura de un fantasma—, el asesinato al esposo en la noche de bodas y la subsecuente escena de la locura, el suicidio del amante en un cementerio para acompañar en el más allá a la amada muerta, son factores que han hecho de ella una ópera gótica rigurosamente ceñida a su época y muy poco actual. La obra de Walter Scott en que se basa la historia ha sido tragada por el tiempo pero en la polvorienta ópera de Donizetti el canto emerge con una lozanía que sigue cautivando a todos los públicos. En la puesta en escena de Enrique Singer la ópera ya no huele a polvo sino a museo. De principio a fin, la Lucía está concebida como una serie de cuadros, en su mayor parte inspirados por la pintura flamenca y holandesa. Tal parece que estamos visitando el Rijksmuseum de Amsterdam, con su predilección por los Rembrandt y sus claroscuros magníficamente trabajados por Philippe Amand, diseñador de la iluminación. La belleza plástica de las escenas es incuestionable.

Pero no todo fue elogiable: el marco de la escena fue puesto demasiado atrás del público y en ciertas zonas del teatro —particularmente en los costados— las voces se escuchaban sin la suficiente proyección de volumen. La expresividad actoral fue sacrificada en aras de la plasticidad escénica. La escena de la locura, por ejemplo —momento culminante de la ópera— está mal concebida y dirigida. La joven soprano rusa Irina Dubrovskaya posee un timbre de voz muy bello y notables recursos de canto —sus coloraturas eran perfectas—, pero su actuación teatral y musical dejó mucho que desear. Era un témpano de hielo siberiano. En ella prevaleció el aspecto instrumental sobre el dramático. Creíamos en su voz, pero en ningún momento en su locura. Su escena se parecía más al ballet que al teatro: había un exceso de estilización escénica que arruinó el mensaje dramático del desvarío. Cuanto más la escuchábamos, más extrañábamos a la Callas o a la Scotto… o a Ernestina Garfias o a Graciela de los Ángeles. Sin embargo, la ovación que recibió fue atronadora. Ramón Vargas, como el desventurado Edgardo —un papel que le queda como anillo al dedo— fue la indiscutible figura de la noche. Con este papel, el tenor mexicano sustituyó a Pavarotti en el Met de Nueva York y comenzó su serie triunfal de presentaciones internacionales. La voz del tenor sigue fresca de timbre pero madura de técnica. Su fraseo, la elegancia de su canto, su dicción perfecta, siguen siendo sus atributos incuestionables. Al barítono Juan Carlos Heredia le quedó grande el papel de Enrico, el cruel hermano de Lucia. Su timbre es hermoso, pero su afinación —por técnica insuficiente— no era siempre ortodoxa. El bajo venezolano Ernesto Morillo se llevó una justa ovación por su papel de Raimondo, el eclesiástico confidente de Lucia. Los demás miembros del elenco, Leonardo Joel Sánchez, Gabriela Flores y Gilberto Amaro no tuvieron problemas severos en su desempeño.

Una de las grandes habilidades de Singer es saber mover masas de hombres. Es de los pocos directores, si no es que el único, que ha sabido mover al coro, no sólo con sentido teatral sino con resultados plásticamente bellos. Muy bien la participación coral, dirigida esta vez por Luigi Taglioni, muy respetuoso de las dinámicas musicales.

El responsable del resultado musical fue el director serbio Srba Dinic, un distinguido profesional de la dirección operística: exigente con la orquesta, el coro y los cantantes. Nunca le hemos escuchado, desde que está en México, una dirección errónea o limitada. Y esta tampoco lo fue. Toda la música de Donizetti pareció estar en su lugar.

Después de un año de desaciertos —con la honrosa excepción de I Puritani con Javier Camarena—, la ópera de Bellas Artes nos ofrece con Lucía un espectáculo operístico digno de verse. Pero hay que recordar, con pesimismo justificado, que una golondrina no hace verano.

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