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Viernes , 22.03.2019 / 21:36 Hoy

Noches de Ópera

Regreso triunfal de ‘Otello’ a Bellas Artes

Vladimiro Rivas Iturralde

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El perverso Iago —artífice de la intriga que desemboca en tragedia en Otello— dice, en una de sus primeras intervenciones: “No soy más que un crítico”. Quien esto escribe no tiene más que secundarlo. Sin la creatividad del artista ni la inocencia del público, solo es un crítico. No cuenta más que con su sensibilidad, sus conocimientos, su perspicacia y honestidad para juzgar un fenómeno artístico. Con esas armas me atrevo a afirmarlo: el Otello del domingo 5 de noviembre de 2017 en Bellas Artes fue una noche memorable de ópera.

Lo fue, en primer lugar, por el trío de voces centrales, la dirección musical y la escénica. Asistimos a una puesta en escena y en música pletórica de esa vitalidad y brío que Verdi supo insuflar a su penúltima ópera, estrenada en La Scala de Milán en 1887, a sus 74 años. Es el drama de los celos, tratado, como en el original de Shakespeare, con una intensidad indeclinable.

Las tres voces centrales fueron la clave del éxito artístico: cumplieron con las exigencias de la partitura verdiana. El lituano Kristian Benedikt hizo un Otello creíble, expresivo, poderoso, con un dominio de la voz y la escena notables. Desde su presentación con el “Exultate!” sabíamos que escucharíamos a un Otello como mandan los cánones. Su voz de tenor dramático retumbaba en la sala como tempestades. Notable fue la gradación creciente de intensidad en el tercer acto, cuando reclama a Desdémona el pañuelo que él le había dado. Pero una voz así de poderosa era capaz de hacer pianos y medias voces que nos cortaban la respiración. El barítono italiano Giuseppe Altomare no le fue a la zaga. Su Iago, de dicción perfecta, con voz de firme emisión, afinación ortodoxa y gran expresividad actoral, tuvo su gran momento en el “Credo”, a tal punto climático que corre el albur de hacer decaer la fuerza de Iago en el resto de la obra. También la soprano rusa Elena Stikhina maravilló por el poderío de su voz. Es una soprano lírico-spinto que, además de una voz bella, de clarísima emisión, afinación y línea de canto irreprochables, posee un volumen de soprano dramática, que tal vez podría considerarse inadecuado para el frágil papel de Desdémona. Así como tiene volumen considerable, belleza de timbre, línea de canto, le faltaron matices interpretativos. Se notó sobre todo en la humillación ante el embajador de Venecia, en la cual su voz no se movía de un solo registro dramático, quizá atribuible a la fatiga, porque en el acto final, en la canción del “Sauce” y el posterior diálogo mortal con Otelo, recuperó su nivel.

La mezzo Encarnación Vázquez regresó a la escena como Emilia, la esposa de Iago y doncella de Desdémona, un papel poco lucidor. Los demás cantantes estuvieron a la altura: el tenor Andrés Carrillo como Cassio, el tenor Enrique Guzmán como Roderigo, y el bajo Alejandro López como el
embajador de la República veneciana.

Muy bien el coro, dirigido por Pablo Varela, a pesar de que tuvo que recibir las muy audibles orientaciones del apuntador. El director de escena José Miguel Lombana se caracteriza por no saber cómo mover las masas corales en escena, pero esta vez lo hizo sin molestar. La participación del coro infantil Grupo Coral Ágape, dirigido por Carlos Alberto Vázquez Fuentes, fue correcta. La orquesta, dirigida por Srba Dinic, inició tímidamente en la escena de la tormenta, sin la fuerza que se requiere para pintar una tempestad, en contraste con la energía del coro, pero fue mejorando. Con pequeños defectos, la orquesta nos permitió vivir la partitura verdiana.

La parte visual nos pareció más que funcional. La dirección de Lombana tuvo el mérito de cuidar y respetar los movimientos escénicos de sus actores cantantes, la escenografía y la iluminación hicieron
las acciones perfectamente inteligibles en medio de esas columnas que en nada entorpecían el movimiento escénico. Esta vez la ovación del público a todo el equipo estuvo plenamente justificada.

Recomendamos este Otello.

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