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Martes , 26.03.2019 / 05:10 Hoy

Noches de Ópera

Luces y sombras en el ‘Macbeth’ de Bellas Artes

Vladimiro Rivas Iturralde

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La última vez que vimos Macbeth en Bellas Artes fue en septiembre de 2001, meses después de la caída de las Torres Gemelas de Nueva York. José Areán y Sergio Vela dirigieron la música y la escena, respectivamente, y en el elenco figuraban Genaro Sulvarán, Janice Baird, Mikhail Krutikov y el joven Rolando Villazón. Fueron unas funciones memorables.

Ahora regresa esta tan gustada ópera (1847) de los años de galeras de Giuseppe Verdi (1844-1850), un hombre que vivió empeñado en poner música a cuanto pudiera de Shakespeare y murió sin cumplir su sueño de componer El rey Lear. Si se ha escrito que el Macbeth de Shakespeare es una representación del infierno, de la ambición y el mal, también la ópera de Verdi lo es, en la medida que responde a la declaración del compositor: “la ópera senza amore”. Solo su ballet (exigido por París) y sus inevitables y atractivísimos ritmos valseados atemperan este carácter sombrío. Además de sombrío, sin amor, es un melodrama vertiginoso. Como su hermana posterior, Il Trovatore, Macbeth posee una acción trepidante y un ritmo febril, casi dionisiaco, pero sin alegría. Esta peculiaridad es algo que todo el elenco de esta puesta consideró, pero las luces y las sombras fueron notorias. La dirección escénica de Lorena Maza me pareció plana, con descuido de los pequeños grandes detalles en la dirección actoral. Citaré dos ejemplos, entre los muchos posibles: el asesinato del rey Duncan —momento climático de la obra— carece de la tensión necesaria debido a la falta de involucramiento teatral de los dos cómplices en la escena, y cuando Macduff descubre el cadáver del rey, todo es previsible: el hombre aparece en la puerta de foro gritando “¡Horror!”. ¿Por qué no, por ejemplo, hacerle retroceder de espaldas al público, paralizado por el horror para que luego exclame lo que debe decir? La escena del sonambulismo de Lady Macbeth también carece del dramatismo necesario: el ritmo de su paso es indiferente y sus manos no expresan la obsesión con la sangre.

El escenario simula los mármoles de la misma Bellas Artes, con su color y columnas, lo cual me parece un acierto, porque con ello la ficción se entrelaza con la realidad. Como siempre, la iluminación de Alejandro Luna fue algo digno de destacarse, por el hábil juego de claroscuros y porque destaca los centros de interés. El vestuario, indefinido y sin unidad, sin otra intención que el azar. En los concertantes del fin de los dos primeros actos, disgustó al público esa miscelánea: el coro parecía haberse vestido con un saqueo a la bodega.   

Lo mejor, sin duda, fue la parte musical. En primer lugar, la dirección del italiano Marco Guidarini. La orquesta de la ópera tuvo un sonido contunde nte y sutil a la vez, fantasmagórico cuando debía. Acompañó muy bien a los cantantes. En los bellos concertantes, Guidarini no controló, empero, la excesiva sonoridad del coro, dirigido por Pablo Varela, aunque nunca se perdió el difícil y bello ritmo de vals que es un signo de identidad de Verdi. El muy capaz y triunfador barítono mexicano Alfredo Daza, como Macbeth -un personaje débil, dominado por los instrumentos del destino, las brujas y su esposa-, exhibió una voz potente y expresiva pero con canto arriesgado. Su gran aria “Pietà, rispetto, amore” fue un buen ejemplo de lo que le pasó: su brío y vehemencia —el exceso de aire para lograr volumen— lo condujeron a hacer peligrar la línea de canto y la afinación. Su actuación con la voz fue, empero, superior a la de su gestualidad. La soprano húngara Csilla Boross asombró, de entrada, con el volumen y poderío de su voz: una soprano dramática con todas las de la ley y con todas sus consecuencias: coloraturas difíciles de cumplir, como en el brindis del acto segundo, agudos impuros y, a veces, canto poco matizado. Su gran escena del sonambulismo pasó de noche por la inerte dirección escénica. Como siempre, el bajo español, tan conocido por nosotros, Rubén Amoretti, hizo un Banquo excelente, de bello timbre, canto ligado y expresividad dramática. A Macduff, el tenor, Verdi le concedió solo una participación sobresaliente: el aria “Ah, la paterna mano”, que el mexicano José Manuel Chú cantó muy bien.

En suma, un disfrutable Macbeth que, sin embargo, no hace olvidar el anterior, de 2001.

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