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Viernes , 22.03.2019 / 08:58 Hoy

Noches de Ópera

Grato retorno de ‘Rusalka’ a Bellas Artes

Vladimiro Rivas Iturralde

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El 12 de marzo de 2011 se estrenó en Bellas Artes Rusalka (1901), la obra maestra operística de Antonin Dvórak (1841-1904). A pesar de su tardío estreno en México, ya nos estamos mostrando hospitalarios con esta obra. Producida para el Festival del Centro Histórico de aquel año, ésta de abril de 2018 es la producción de 2011, y se repite el mismo equipo escenográfico y de dirección escénica. El elenco, al menos en la parte mexicana, es casi el mismo. La producción se repite, pues, con pequeñas variantes, pero al menos no es otra Carmen ni otra Butterfly ni ningún otro ya insoportable caballito de batalla operístico.

Quizá la más notable característica de la música clásica checa es su poder de evocación poética del paisaje. El libreto de Jaroslav Kvapil (1868-1950), inspirado en cuentos de hadas de Karel Jaromir Erben, Bozena Nemkova y “La Sirenita”,

de Andersen (1805-1875), da pie para una música de caudalosa poesía, evocación del lejano mar de los checos y de los muy cercanos bosques de Bohemia.

Una ninfa del mar se ha enamorado de un príncipe terrestre y anhela renunciar a su condición para vivir ese amor. Gracias al embrujo de una hechicera y, contra la voluntad de su padre, se humaniza, pero al precio de su habla. Su mudez hace que el príncipe sucumba ante una princesa extranjera y provoque el regreso amargo de Rusalka al mar, adonde el príncipe la seguirá solo para fallecer en sus brazos con un beso de amor, que es también el de la muerte.

Comienzo de una era

La dirección escénica de Enrique Singer es irreprochable: detallista, tiene cada cosa en su lugar; los movimientos escénicos son justos y consiguen un equivalente visual de la fantasiosa música, ora festiva, luego melancólica, dramática a veces, pero siempre evocativa y lírica. Solo hubo un momento de falla escénica: al avanzar por el escenario la esfera de la Luna se bamboleó sin control suficiente. Hay dirección de actores, lo cual ya es bastante. Jorge Ballina es, sin duda, el mejor escenógrafo de México, y su trabajo aquí es imaginativo, de gran riqueza y esplendor visual, magníficamente apoyado por la iluminación de Víctor Zapatero.

El elenco, homogéneo, tuvo en la soprano argentina Daniela Tabernig una Rusalka de voz poderosa y tierna a la vez, con canto e interpretación adecuados al personaje. Permanentemente afinada y expresiva, recibió una justa ovación al final de su canción a la Luna, la más bella y esperada página de la ópera. Una excelente contratación: ojalá volvamos a tenerla entre nosotros. El tenor ruso Khachatur Badalian cumplió con discreción su compromiso como el príncipe amado: sus buenos agudos no lograban ocultar la opacidad de su timbre. Notable el bajo islandés Kristinn Sigmundsson como Vodnik, el Espíritu de las Aguas. La mezzo Belem Rodríguez, excelente y temible como la bruja Jezibaba; bien, la soprano Celia Gómez como la Princesa Extranjera. Voz muy pequeña la de la soprano Carla Madrid, como el Joven Cocinero. Los demás comprimarios —también mexicanos— cumplieron con suficiencia su compromiso: Lucía Salas, Edurne Goyarsu y Nieves Navarro como las tres Ninfas Acuáticas; Antonio Duque, como el Guardabosques, Edgar Gil como el cazador y el danzarín Carlos Carrillo como la Anguila.

El mayor mérito musical recae en la dirección del serbio Srba Dinic, actual director musical de la Orquesta de la Ópera de Bellas Artes. Obtuvo de la orquesta la sonoridad sinfónica que Dvórak impuso a la partitura, y acompañó muy bien a los cantantes. Pocas veces habíamos salido tan complacidos por el desempeño orquestal.

En suma, un grato comienzo de la era de Alonso Escalante como flamante director de la Ópera de Bellas Artes. Deseamos que su desempeño sea tan brillante como lo fue en el Teatro Bicentenario de León, Guanajuato.

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