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Viernes , 22.03.2019 / 15:03 Hoy

Noches de Ópera

El tranvía llamado deseo llega a México

Vladimiro Rivas Iturralde

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En noviembre de 1947, cuatro días antes del estreno de Un tranvía llamado deseo, Tennessee Williams escribió un ensayo titulado “Un tranvía llamado éxito”, sustitución que revela el afortunado destino que acompañaría a este intenso drama. Ha merecido incontables representaciones en todo el mundo, adaptaciones cinematográficas (la muy famosa de Elia Kazan de 1951) y homenajes (Todo sobre mi madre de Almodóvar, Blue Jasmine de Woody Allen, entre otros). En 1997, el celebrado compositor, director de orquesta y pianista estadunidense de origen alemán André Previn (1929) dirigió el estreno de su ópera en la Ópera de San Francisco, de la cual había recibido el encargo de componerla, con libreto de Philip Littell. Dedicado el papel de Blanche Dubois a la soprano Renée Fleming, la ópera de Previn constituyó otro éxito resonante.

El Escenia Ensamble, A.C., de México, dirigido por el joven y dinámico director de escena Ragnar Conde, puso esta ópera en el Teatro Degollado de Guadalajara (estreno en México y en América Latina) y el 24 de marzo la representó en el Teatro de la Ciudad, donde se la puso de nuevo el domingo 26.

Sin duda, la estrella mayor de este espectáculo es la música de Previn. Le hace justicia al drama de Tennessee Williams: discretamente melodiosa, cede a los cantantes la voz primordial; con frecuentes referencias al jazz y al blues, sitúa la acción en el sur torturado de Mississippi; sombría o luminosa cuando debe serlo, comenta la acción y revela los móviles secretos, los retorcimientos psicológicos de los personajes, representando compasivamente a una humanidad sufriente. La fidelidad del libreto y la música al drama de Williams es casi especular. Los dos actos finales, particularmente el último, con el contrapunto de las voces de Blanche Dubois y la vendedora de flores para los muertos, poseen una eficacia dramática digna de Shakespeare.

Hay que destacar a la soprano Irasema Terrazas, quien hizo una muy creíble Blanche Dubois, con grata presencia escénica, estupenda actriz y cantante, a pesar de que un par de gritos al comienzo de la obra hacían augurar un desempeño desafortunado. Pero no: su inteligencia, su técnica, su autocontrol, la llevaron a evitar esos desaciertos. Su actuación me pareció más viva y convincente que la poco expresiva y fría de Renée Fleming. Irasema Terrazas, en una gran noche de ópera. El excelente barítono Enrique Ángeles hizo un Stanley Kowalski a la altura de su contraparte, y como manda el canon: un polaco brutal, vulgar, sincero hasta la grosería. La pronunciación rudimentaria de su inglés hacía más creíble a su personaje, en tanto que polaco emigrado. Bien, Adriana Valdés como Stella y el tenor Rogelio Marín como Harold Mitchell, el frustrado galán de Blanche.

La dirección escénica de Ragnar Conde mostró lo mejor de la pieza y de la música de Williams-Previn y obtuvo de sus actores-cantantes un alto nivel de convicción y excelencia. Muy correcta y viva dirección de actores en un drama que ha basado su prestigio en la intensidad de la actuación y por lo cual se ha ganado un lugar de leyenda en el teatro del siglo XX. La dirección musical corrió a cargo del experimentado Dorian Wilson, quien obtuvo un decoroso rendimiento de la limitada Orquesta del Instituto Politécnico Nacional.

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