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Interés Público

Cuidado con los elefantes

Víctor Reynoso

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Entre los méritos del libro de Julio Franco Corzo (Diseño de políticas públicas) está iniciar con una crítica a los elefantes blancos: “ideas”, ocurrencias, buenas intenciones, que pueden sonar bien superficialmente, pero que dan lugar a desastres: obras de costos multimillonarios que acaban siendo inútiles.

Un elefante blanco es la antítesis de una buena política pública. Ésta es una tarea difícil, nos dice el autor: “requiere de conocimientos de economía, ciencia política, estadística, administración pública, derecho, sociología, antropología, psicología y administración”. Parece mucho, pero así son las cosas, complejas. Primero hay que definir el problema, establecer sus causas. Luego se deben implementar las mejores estrategias para eliminar esas causas. Ante la complejidad de los problemas políticos y la dificultad para implementar las soluciones se requiere del trabajo en equipo de gente que sepa de los temas.

Lo anterior puede desesperar a algunos. ¿Para qué tanto diagnóstico y experto? ¿Por qué no actuar y ya, cuando acude a nosotros una buena idea? Porque las buenas “ideas”, igual que las buenas intenciones, pavimentan el camino del infierno. O el camino hacia los elefantes blancos.

Esta es una de las preocupaciones hacia el actual gobierno federal. Aunque no es exclusivo del mismo. Los elefantes blancos abundan. Un ejemplo: el gobierno poblano entre 2011 y 2018 pareció fascinado por los paquidermos albinos: un tren turístico Puebla-Cholula que casi nadie conoce; un rueda de la fortuna costosísima; un museo barroco, ciertamente admirable por su arquitectura, pero no por su calidad como museo. La tendencia a construir elefantes blancos, obras públicas que cuestan mucho más de lo que valen (en algunos casos valen nada) puede ser una buena manera de evaluar gobiernos. ¿Es de izquierda, de derecha o de centro esta tendencia? La pregunta suena absurda. La geometría política no nos ayuda a entender por qué unos gobiernos invierten bien el dinero público y otros lo dilapidan.

Una de las principales preocupaciones sobre el gobierno de López Obrador es que se vea seducido por ese tipo de paquidermos. Que por sus intenciones, no solo buenas sino epopéyicas (pretende que su gobierno sea una de las grandes transformaciones de la historia patria) construya obras muy costosas y poco útiles: el aeropuerto de Santa Lucía, el tren maya, el tren transísmico, la refinería de Dos Bocas.

Además de la ambición histórica y de las prisas, el riesgo de este tipo de obras está alimentado por un desprecio hacia lo diagnósticos y los expertos. El más claro símbolo de este desprecio: poner como director de la principal empresa pública del país, Pemex, a alguien que no sabe nada de eso. El rechazo a expertos y diagnósticos no es exclusivo del presidente de la República y de su equipo, muchos mexicanos lo comparten. En parte se entiende: gobiernos anteriores con funcionarios supuestamente experimentados y calificados dieron lugar a desastres. Pero no hay ninguna razón para pensar que donde los expertos fallan los inexpertos van a acertar. Hay que buscar las razones de esos desastres en sus causas reales, no en el hecho de que quienes gobernaban tenían conocimientos y experiencias adecuadas. La Cuarta Transformación podría encontrar su tumba en un elefante blanco.

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