El 1 de julio de 1888, Dolores Correa Zapata publicó en Violetas del Anáhuac un poema titulado La mujer científica, en el cual se pregunta:
“¿Quién ha dicho que al hombre sólo es dado
Cruzar la senda de la ciencia vasta,
Para regar después en su camino
La luz fulgente que la ciencia mana?
¿Por qué no tiene la mujer derecho
De abarcar con la luz de su mirada
Los misterios que al sabio se revelan
Y al ignorante la creación le guarda?”
Dichos versos manifiestan la inquietud femenina por estudiar algo más que lo socialmente impuesto hasta el momento pues, aunque dentro de su proyecto de nación, los liberales reconocían que era fundamental la educación en todos los estratos sociales, sin distinción de género e incluso favorecían la educación de las mujeres pues ellas serían las primeras en inculcar a sus hijos los principios y valores de todo buen ciudadano, la misma estructura educativa promovía distinciones de género basándose en las funciones propias de cada sexo dentro de la sociedad: a los hombres les correspondía el ámbito público y a las mujeres el privado. De esta forma, las niñas tenían que llevar cursos de labores manuales y economía doméstica y, una vez que concluyeran la educación básica, podían optar por inscribirse en la Escuela de Artes y Oficios (1871) o en la Escuela Normal de Maestras que se fundó durante el porfiriato (1890).
No obstante, en esta época, a pesar de los obstáculos que se le presentaron, Matilde Petra Montoya Lafragua logró obtener el título de médico cirujano el 25 de agosto de 1887. La primera doctora mexicana nació el 14 de marzo de 1857 en la Ciudad de México y falleció el 26 de enero de 1939 en la misma ciudad. Laureana Wright de Kleinhans escribió un artículo titulado «La Srita. Matilde P. Montoya., primera doctora mexicana» en la publicación del 1 de enero de 1888 de Las hijas del Anáhuac, donde relata las dificultades que tuvo que pasar Matilde Montoya para cumplir con su deseo de estudiar en la Escuela Nacional de Medicina. Además de enfrentarse a la difícil tarea de estudiar y trabajar, tuvo que soportar la presión social que suponía ser la única mujer que asistía a las clases de Medicina y a las prácticas en el Hospital Militar, donde no faltaban maledicencias y exigencias muy rigurosas, pues sus profesores dudaban que lograra aprobar todas las materias.
Matilde Montoya fue la primera universitaria, pero no la primera mujer que obtuvo un título universitario. La Universidad de San Luis Potosí, en 1886, otorgó el título universitario a la dentista Margarita Chorné y Salazar, profesión que aprendió de su padre y cuyos conocimientos fueron validados por dicha universidad. Por otro lado, la primera abogada titulada en México fue María Asunción Sandoval Zarco, en julio de 1898.
Desde 1885, varias jóvenes solicitaron ingresar a la Escuela Nacional Preparatoria, pero hasta 1893 se les permitió el acceso. Esto contribuyó a que aumentara la matrícula femenina en las universidades pues existía la inquietud entre las mujeres de estudiar disciplinas que hasta el momento no habían sido consideradas para ellas. Gracias a la tenacidad y valentía de estas primeras universitarias, poco a poco las mujeres mexicanas pudieron estudiar y desarrollarse en diversas ramas profesionales.
CLEMENCIA CORTE VELASCO