La prudencia y la justicia son dos de las cuatro virtudes cardinales de donde se derivan virtudes secundarias. La prudencia dispone a que la razón discierna el mejor bien y los medios correctos para alcanzarlo.
Tres fines se persiguen en cada acto: honesto, deleitable y útil. Cuando el fin honesto se discierne, elige y alcanza, los otros dos se dan por consecuencia. Virtudes secundarias de la prudencia son sensatez, sobriedad, cautela, sagacidad, etcétera.
La justicia dispone a la voluntad a buscar de modo constante y firme dar a cada quien el bien debido. Virtudes secundarias de la justicia son integridad y responsabilidad donde la rectitud en lo que se piensa se refleja en la conducta para con uno mismo y los demás.
Una virtud llama a otras y como ejemplo se tiene que para mantener el fin correcto se requiere de perseverancia. Adicionalmente, para ejercer justicia se requiere de firmeza en los límites para no quedar mal con todos, algunos, o con uno mismo a través de la virtud de afectividad. La frase por antonomasia de la asertividad es: “Cuando digas sí que realmente sea sí, y que tu no, sea no, pues lo demás no es correcto”.
Cada acto virtuoso es un justo medio entre dos extremos, denominados vicios. Hay que tener cuidado pues uno de esos dos vicios se llega a confundir con el justo medio. La perseverancia tiene por extremos la inconsistencia, y a la necedad o terquedad.
La virtud de la generosidad tiene como extremos opuestos a la avaricia y el despilfarro. Cuando lo que se dice no se sostiene aparece el libertinaje o la labia, como extremos del compromiso. Los extremos de la asertividad son la sumisión, donde se consiente todo para no desagradar, y la hostilidad o agresión, donde se opone a todo para desafiar.
La prudencia es una virtud que reside en la razón, facultad que busca la verdad absoluta, mientras que la justicia se encuentra más en la voluntad, facultad que busca el bien de todos.
La virtud es búsqueda y participación en el bien y la verdad. Es por ello que los griegos plantean la Ética como ciencia para usar la verdad y el bien en la toma de decisiones para el ejercicio de la virtud; y los romanos plantean el Derecho como ciencia para defender la verdad y el bien.
Lograr una virtud implica vencerse a sí mismo, pues duele reconocerla verdad y el bien ¿Por qué? Porque no son populares, ni flexibles, ni negociables, ni moda, ni transitorios. Hay una frase que enseña que «o se reconoce la verdad o se reconoce que no se quiere reconocer, pues de otro modo se cae en la tibieza o relativismo».
Un ejemplo de una verdad absoluta es la ley de la gravitación universal. El día que alguien intenta desafiarla, caminando en vacío, ¿qué sucederá y por qué? Una caída mortal porque la gravedad es una realidad que no es negociable, ni pasajera.
La virtud donde se busca la adhesión completa a la verdad y el bien es la humildad. En la humildad, las fallas no se repiten porque se examina la conciencia, se reconocen fallas y limitaciones propias, y se enmienda (paz y crecimiento).
En la humildad desaparece el enjuiciamiento (la intención es bajar a otros) y aparece la corrección fraterna (la intención es hacer crecer a otros).
Los extremos opuestos a la humildad son el servilismo y la soberbia. En la humildad se da la verdadera grandeza de las personas porque se cambia para bien y no se tropieza con lo mismo.
La frase por antonomasia de la humildad fue pronunciada por una jovencita: “Hágase en mí según la palabra”, es decir, se desea que la razón y voluntad se adecuen a la verdad y al bien; y no que la realidad se construya de acuerdo a las ideas y a la voluntad de cada quien (soberbia y dolor): “Hago todo lo que quiero y mi palabra es la ley”.
La virtud es un hábito operativo para la excelencia, hábito porque se ejecuta siempre, operativo porque se actúa (de acuerdo a la rectitud en lo que se piensa). “La virtud es una disposición habitual y firme a hacer el bien” (Tomás de Aquino).
Roberto Rosas Romero
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