Política

¿Qué diría Hegel? Bombardeos en nombre de la paz

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Georg Wilhelm Friedrich Hegel fue uno de los filósofos más influyentes del siglo XIX. Su pensamiento partía de una idea esencial: la historia no avanza linealmente, sino mediante contradicciones internas que terminan revelando la verdadera naturaleza de los acontecimientos. La dialéctica no es simplemente la conocida fórmula de tesis, antítesis y síntesis; es una manera de observar cómo una realidad puede transformarse en su contrario.

¿Qué diría Hegel, entonces, ante un alto el fuego durante el cual continúan cayendo bombas? Probablemente advertiría que la guerra y la paz no siempre son auténticos opuestos. En determinadas condiciones, la tregua no elimina la violencia: la reorganiza, la administra y la vuelve políticamente presentable.

Esta semana volvió a quedar claro. El presidente Donald Trump canceló un ataque previsto contra

Hegel diría que la contradicción no destruye la realidad, sino que la pone en movimiento.

y anunció avances hacia un acuerdo, pero Teherán negó inicialmente que existieran negociaciones formales. Pocos días después, Irán advirtió a los gobiernos del Golfo que sus instalaciones petroleras, eléctricas y de transporte podrían convertirse en objetivos si permitían nuevos ataques estadunidenses. Mientras Washington hablaba de diplomacia, Teherán preparaba la represalia y los mercados reaccionaban a cada amenaza sobre el estrecho de Ormuz.

La contradicción no comenzó ahora. El memorando alcanzado el 17 de junio entre Estados Unidos e Irán debía contener la confrontación, pero pronto aparecieron acusaciones mutuas de incumplimiento. Después de ataques contra embarcaciones en Ormuz, Washington bombardeó infraestructura militar iraní; Teherán respondió contra instalaciones estadunidenses en el Golfo y Estados Unidos volvió a atacar. El 28 de junio, ambos anunciaron nuevamente que dejarían de agredirse. El supuesto alto el fuego no resolvió el conflicto: apenas estableció intervalos entre una represalia y la siguiente

Hegel diría que la contradicción no destruye la realidad, sino que la pone en movimiento. Estados Unidos afirma bombardear para producir seguridad, pero cada operación genera aquello que supuestamente pretende impedir: más militarización iraní, amenazas contra sus bases, presión sobre los países árabes y riesgo para una ruta por la que circula aproximadamente una quinta parte de los flujos mundiales de petróleo y gas natural licuado. La seguridad contiene así su propia negación.

En Gaza sucede algo semejante y todavía más cruel. El primero de agosto, ataques israelíes mataron al menos a 18 palestinos en Gaza, Deir al-Balah y Jan Yunis, justamente cuando Trump anunciaba un supuesto avance para implementar el alto el fuego. El ministro israelí Eli Cohen declaró, sin embargo, que no existía un acuerdo para detener las operaciones. Desde la tregua de octubre, más de 1,200 palestinos han muerto por ataques israelíes, muchos de ellos mujeres y niños.

Arabia Saudita, Egipto, Emiratos Árabes Unidos, Türkiye, Qatar, Jordania, Pakistán e Indonesia condenaron esta semana los ataques contra infraestructura civil y sanitaria. Israel respondió que Hamas continúa rearmándose y violando las condiciones del acuerdo. Pero precisamente ahí se encuentra el problema: cada parte utiliza la conducta de la otra para demostrar que sus propias acciones militares son inevitables. El enemigo se convierte en la justificación permanente de la guerra.

La oficina de derechos humanos de Naciones Unidas ya había advertido que, nueve meses después del anuncio del alto el fuego, ningún lugar era seguro en Gaza. Entre el 13 y el 20 de julio registró al menos 57 palestinos muertos, incluidos niños y mujeres. En diez ataques realizados los días 17 y 18 murieron al menos 21 personas; cinco integrantes de una misma familia fallecieron cuando fue atacado su departamento.

Aquí aparece otra noción hegeliana: la negación determinada. No basta con negar provisionalmente la guerra mediante la suspensión de algunos bombardeos. Una verdadera superación tendría que transformar las condiciones concretas que la producen. Si permanecen la ocupación, el bloqueo, el desplazamiento, el hambre, las sanciones y la desigualdad absoluta de poder, el alto el fuego no supera la violencia: únicamente modifica su intensidad.

También funciona la dialéctica hegeliana del amo y el siervo. La potencia dominante pretende demostrar su independencia sometiendo al otro, pero termina dependiendo de él. Estados Unidos necesita bases regionales, aliados árabes y rutas energéticas abiertas. Israel depende del respaldo militar y diplomático estadunidense. Irán, aun bajo presión, convierte Ormuz y su capacidad de represalia en instrumentos de negociación.

Ningún actor es plenamente autónomo. Todos necesitan al adversario que aseguran querer neutralizar.

La verdad, diría Hegel, no está en el anuncio solemne del alto el fuego, sino en la totalidad del proceso. Si después del acuerdo continúan el bloqueo, las amenazas y los bombardeos, aquello que se presenta como paz sigue siendo guerra bajo otro nombre. La auténtica paz comenzará cuando la seguridad de unos deje de construirse sobre la vulnerabilidad permanente de otros.


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Talya Iscan
  • Talya Iscan
  • Especialista de Política y Seguridad Internacional, Académica de la Universidad Autónomo de México
Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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