Política

Tu amor es tan frío

¿Me olvidaste como a esa ciudad que ya no existe? Caminabas por ella, nadie reía. Es una extraña, así la ves, así me sientes ahora, la avenida te parece tan ajena al año 2000, recuerdas algunos lugares, no todos. Aquí dejaron las armas porfiristas y revolucionarios, vivían en la misma calle o a unas cuantas casas de distancia. Los primeros en establecerse fueron los carrancistas y obregonistas, llegaron a este lugar que se llamaba Avenida Jalisco, hoy la conocemos como Álvaro Obregón, ubicada en la colonia Roma. La ex élite convivió aquí con los “vencedores” de la Revolución Mexicana, ¿cuál triunfo? Nunca olvidé ese libro de Kenneth Turner. Aquí en estas calles los revolucionarios aprendieron las costumbres del porfiriato, no ha cambiado mucho desde entonces la colonia Roma, sigue transformando personas, no sabemos si para mejorarlas o endeudarlas, aquí la mayoría vive a crédito, en cuartos minúsculos de edificios deteriorados, pienso en esas vidas mientras observo las ventanas, rostros angustiados fumando miran la nada con hastío. Si avanzas unos pasos a las zonas más concurridas, te encuentras con una normalidad que lastima, parece que cerca de 42 mil muertos no intimidan a los que caminan sin cubre boca. Me detengo en la esquina con Orizaba, en el fragmento colindante de esta calle con la zona sur de la Roma, existió un panteón municipal, en mayo de 1924 el presidente Álvaro Obregón inauguró la obra del arquitecto José Villagrán: el Estadio Nacional, de uso múltiple, juegos centroamericanos, música, teatro, danza, fue demolido en 1949, después se construyó a cargo de Mario Pani el Centro Urbano Benito Juárez, multifamiliares que sufrieron daños con el sismo de 1985, tenían más de 3 mil habitantes, de 19 edificios solo sobrevivieron 9, ese espacio ahora es el jardín López Velarde y Pabellón Cuauhtémoc.

Mi padre se negó a creer la demolición de aquellos 10 edificios, ¿cuántas veces jugó ahí con Braulio al volver del Parque Delta después del béisbol? Solo él sabe lo que sintió al verlos destruidos, no viste la pesadilla del dolor azotándonos en muros contenidos por el silencio de nuestra soledad rota por la realidad, lejana voz la del sosiego, lejana voz la de las piedras crujiendo hasta desmoronarse. Detesto al restaurante argentino en la esquina con Obregón y Orizaba, aquí estaba hace más de 15 años Alfredo’s, un local de extravagante decoración en verdes y rojos, plantas artificiales por todas partes, luces bajas, su neón anunciaba la imposible noche dentro, los personajes más party animal llegaban envueltos en terciopelo y tacones, en seda decadente, recuerdo el humo, un precioso piano. Ahí escribí parte de una novela, Mario y yo bebíamos bloody marys, aquellas largas conversaciones acerca de Shanghai, inmersos en la música grasosa, elevadores 24 horas, el señor del piano idéntico a Bobby Oroza, cantaba soul, bailaba en puntas, tocaba jazz, aquellas noches de velas y aullidos muy tristes nunca murieron en mi corazón. 


* Escritora. Autora de la novela Señorita Vodka (Tusquets)

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Susana Iglesias
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Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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