Cuando hablamos de educación, pensamos en matemáticas, ciencias, idiomas o tecnología. Todos, conocimientos importantes, sin duda.
Pero hay una habilidad que utilizaremos todos los días de nuestra vida y que pocas veces ocupa un lugar central en las aulas: la capacidad de comunicarnos.
No hablemos necesariamente de pronunciar un discurso; pensemos en algo más cotidiano: explicar una idea, presentar un proyecto, hacer una pregunta, defender una postura, escuchar y dialogar.
Hablamos, pero comunicar bien requiere práctica, y ahí está una gran área de oportunidad de nuestro sistema educativo.
No son pocos los jóvenes que terminan sus estudios sin haber hablado frente a un grupo más que unas cuantas veces. Algunos llegan a su primera entrevista de trabajo sin experiencia para exponer sus ideas. Otros enfrentan reuniones o proyectos profesionales con una inseguridad que pudo haberse trabajado durante años.
Porque la necesitaremos con nuestra familia, para coordinar equipos, liderar grupos, emprender o simplemente para desenvolvernos mejor en cualquier entorno.
Y, sin embargo, se dedica más tiempo a memorizar información y muy poco a aprender a expresarla.
Nadie aprende a hablar en público solamente leyendo un libro sobre oratoria. Se aprende practicando.
La práctica es insustituible; el contacto humano también.
Ejercicios como el show and tell en Estados Unidos, donde desde pequeños los estudiantes se ponen de pie frente a sus compañeros para presentar un juguete o contar una experiencia, deberían formar parte de la vida cotidiana en las aulas.
No se busca que todos sean conferencistas o políticos; se busca que hablar frente a los demás deje de ser algo extraordinario.
La confianza se construye con repetición; las primeras veces serán difíciles, pero después las palabras fluyen mejor, la voz gana fuerza y las ideas comienzan a ordenarse con mayor claridad.
Necesitamos incorporar materias de oratoria, comunicación y expresión oral en todos los niveles educativos, y darles la importancia que merecen.
Porque, más allá de las calificaciones, la vida termina exigiéndonos algo muy parecido todos los días: explicar quiénes somos, qué pensamos, qué necesitamos y qué aportamos a los demás.
Y una de las mejores cosas que puede hacer una escuela por sus estudiantes es darles la confianza para levantar la mano, ponerse de pie y decir, simplemente: “Pido la palabra”.