Actualmente las carreras armamentísticas o el aterrizaje lunar dejaron de ser la única excusa para iniciar una guerra. Menos cuando se trata de países poderosos y sus dirigentes. Tal es el caso no sólo en el conflicto bélico entre Iran y Estados Unidos, sino que ahora se suma España en la trinchera cultural.
Hace unas semanas apenas, Donald Trump declaró en medio de la tensión por la guerra en Oriente que Estados Unidos tenía en la mira 52 sitios del territorio persa, muchos de ellos de “alto nivel e importancia para la cultura iraní”.
Paralelamente, el conflicto por la ubicación física del Guernica en España parece reavivarse en los albores por el 90 aniversario del ataque de la Legión Cóndor alemana y la Aviación Legionaria italiana sobre la población civil de la villa foral en 1937.
Puede parecer que no hay algún punto de conexión entre ambos eventos a simple vista. Al revisarlos, ambos parten de un mismo origen: que los golpes al alma o a la identidad de una nación (su historia, su arte, sus templos) tienen un impacto mayor que el bombardeo a un cuartel, pues no son paredes, sino la esencia lo que se derrumba.
Por ello, mientras que el mundo está en vilo ante amenazas de hombres poderosos, ha pasado casi inadvertido el conflicto actual por la obra de Picasso. Ese cuadro no es únicamente una pieza fundamental del arte moderno, sino se ha convertido en una discusión sobre la memoria histórica y sobre quién tiene legitimidad para narrarla.
Por ello, no es de asombrar que la obra –que ha sido bandera de la sociedad en diferentes conflictos como en las guerras de Vietnam y del Golfo, Ucrania y Gaza– actualmente ha empezado una batalla propia encabezada por el jefe del gobierno regional vasco (lehendakari), Imanol Pradales, quien ha insistido en reclamar “valentía política” al gobierno español para que el famoso Guernica de Picasso, que se ha convertido en un símbolo de la barbarie de la guerra, sea trasladado temporalmente para su exposición en el País Vasco.
Esto viene a confrontar nuestra ubicación de los campos de batalla y sus resoluciones a través de edictos diplomáticos. Pues el conflicto contemporáneo se despliega también en otros escenarios: museos, archivos, redes sociales. Lugares en los que aparentemente se preserva la memoria o se intercambia información, pero donde en realidad se está negociando algo más delicado: el significado de la historia. Desde Vietnam, donde se televisó por primera vez la guerra e influyó de manera determinante en la retirada de EU, quien gana la batalla es quien domina la narrativa
¿Qué relación hay entre las declaraciones del mandatario estadunidense y del jefe de gobierno vasco? Ambos son líderes que no buscan consolidarse como poderosos sólo con dominación territorial, sino a través de los símbolos culturales.
Por ello es que el caso del Guernica se vuelve un ejemplo claro de lo mismo. No es una discusión simple sobre su ubicación o sobre una cuestión propia de curadores sobre su traslado.
A juicio de Pradales, este gesto “sería una muy buena forma de avanzar en la reparación al pueblo vasco, a la memoria democrática”, así como “un alegato en favor de la paz en un momento histórico de guerras y tentaciones totalitarias”.
Y con ello nos da la señal que, más allá de cualquier discusión sobre su ubicación o su gestión museística, el verdadero conflicto gira en torno a algo más profundo: quién tiene derecho a interpretar la memoria del horror que representa.
En este escenario, los museos dejarían de ser instituciones neutrales. Cada exposición, cada préstamo internacional, cada narrativa curatorial puede convertirse en una decisión cultural con implicaciones políticas.
Esta batalla vale la pena seguirla de cerca. No se lucha sólo por el control de la tierra, sino por el control del relato y la identidad. Cuando un símbolo cultural se percibe como secuestrado por un bando o por la retórica política del contrario sin importar los reportes técnicos, la trinchera se traslada al museo, justo ante esa fila de espectadores con celular en mano que sólo capturan el momento frente a la obra y no la enorme batalla que se libra detrás de ella.