Conmemorar el día de la salud en un mundo que cada día se enferma aún más resulta una ironía.
Pero precisamente fue esto lo que aconteció el pasado 7 de abril, cuando se llevó a cabo la celebración del Día Internacional de la Salud, en medio de un contexto particularmente problemático a nivel global.
Es un lugar común afirmar que la salud es un derecho universal. A esta declaración se le olvida mencionar que siempre y cuando las condiciones o políticas sean las adecuadas para que las personas puedan acceder a los servicios médicos. Mientras no haya guerras, falta de fondos o incredulidad en la ciencia, esto será posible.
Uno de los principales retos que enfrenta el sistema de salud en últimas fechas es garantizar que los hospitales sean espacios seguros y no objetivos militares, algo que por desgracia desde 2023 se ha vuelto más frecuente.
Ejemplo de ello fue la explosión en el Hospital Al-Ahli de Gaza en octubre de ese año, con cientos de muertos y versiones enfrentadas entre Israel y actores palestinos sobre su responsabilidad. Unos y otros tratando de justificar que detrás de los enfermos había objetivos militares encubiertos, como si ello limpiase los centenares de muertos y inocentes.
Pero Garza no es el único sitio donde la humanidad ha perdido todo rasgo ético, sino también en Sudán, donde la guerra civil entre el ejército y las Fuerzas de Apoyo Rápido (RSF) ha dejado instalaciones médicas con decenas de muertos entre pacientes y personal sanitario. Y en Ucrania, desde la invasión rusa, el deleznable ataque a la maternidad de Mariúpol forma parte de una táctica de guerra que busca, de una manera ruin, quebrar a la población civil para así doblegar a los gobiernos.
Pero no sólo la guerra es un reto. La misma Organización Mundial de la Salud se ha convertido en rehén de la la fragilidad de un consenso político, el cual es inexistente, que debería ser la base para la cooperación internacional. Atrás quedaron los buenos deseos de que si sobrevivíamos a la pandemia podríamos construir un mundo mejor, con acceso a los servicios de salud de manera universal.
Por el contrario, tras la pandemia se mostró cómo podría quedar el financiamiento atrapado en disputas políticas. Tal fue el caso de Estados Unidos, que decidió suspender el financiamiento a la OMS en plena crisis sanitaria, lo que demostró hasta qué punto un país poderoso puede poner en riesgo las condiciones sanitarias globales.
Pero, por si ello no fuese suficiente, no sólo se han visto atacadas las instituciones, sino el conocimiento científico. Sectores antivacunas han aumentado exponencialmente y teorías conspiranoicas que cuestionan las alertas sanitarias han permitido que vuelvan enfermedades que se creían ya erradicadas.
Y así, en un mundo que tecnológica y científicamente tiene los elementos para garantizar condiciones sanitarias y esperanza de vida digna, éstas no se cumplen pues misiles armamentísticos, bombas de desinformación y ataques presupuestales provocan un mundo cada día más enfermo.