A fuerza ni los zapatos entran. Pero esto parece no estar muy claro para algunos. Hoy quien parece constatarlo es Christopher Nolan con su reciente producción La Odisea.
Al parecer, la llegada de esta película no ha sido el desembarco épico que el director británico habría imaginado. Pues la que se convertiría en la proeza creativa del realizador de The Dark Knight y Oppenheimer ha terminado opacada por las polémicas en torno a la producción y las decisiones artísticas.
De origen, su primera batalla la libró con la filtración de su presupuesto de 250 millones de dólares, el más alto en la carrera del director. Si bien esto debería de resultar irrelevante para los espectadores, las redes siempre están dispuestas a participar en cualquier tema que les competa o no. Así, los usuarios se dividieron entre quienes celebraban este ambicioso proyecto y quienes criticaron el gasto excesivo en una nueva adaptación de Homero justificado en un factor tecnológico, ya que es la primera cinta rodada íntegramente en IMAX de 70 mm.
Pero el verdadero linchamiento comenzó con la selección del elenco, convirtiéndose en una batalla cultural sobre las políticas de reparto por raza y género. Tras el fichaje de la actriz keniana-mexicana Lupita Nyong'o para el papel de Helena de Troya, los sectores conservadores y puristas de la literatura clásica criticaron la elección argumentando que Helena es descrita en los textos homéricos como una mujer de piel clara y cabello rubio. El debate se intensificó tras confirmarse la participación del actor trans Elliot Page pero sin conocerse a ciencia cierta a quién interpretará.
Esto escaló de tal manera que Elon Musk, convertido en el censor global desde X (si uno no dice lo que quiere en su propia red social, ¿de qué sirve ser el dueño de una?), arremetió contra la cinta calificándola de "propaganda ideológica". Señalô que no fue por sensibilidad sino por la supuesta implementación de "cuotas de inclusión " o políticas DEI (Diversidad, Equidad e Inclusión) para cumplir con los nuevos estándares de representación de la Academia de Hollywood y asegurar así candidaturas a los premios Óscar.
Esta polémica no es nueva. Ya la vimos con la reciente versión de Blanca Nieves. En ambos casos, la industria cinematografica parece haber caído en la trampa de la "inclusión de reemplazo": donde en lugar de invertir en nuevas creaciones se opta por intervenir el canon existente, generando una fricción que el público percibe como una distorsión creativa. Al modificar la esencia de personajes que ya poseen referentes cognitivos en el imaginario colectivo —ya sea la "piel blanca como la nieve" o la genealogía aquea de Helena— para cumplir con estándares de representatividad, se termina convirtiendo a las minorías en objetos de señalamiento e incluso sus derechos como algo indeseable. Lejos de abrir espacios propios, esta práctica las expone a un rechazo. ¿Lo peor? No se llegan a construir lugares nuevos y terminan como un accesorio de corrección política.
Por ultimo se debe entender que las audiencias no son una masa pasiva ante los gurús, ya sea un director de culto o un hombre poderoso. Existe una sensibilidad que detecta cuándo una obra busca dictar tendencia desde el pinkwash corporativo en lugar de comunicar un sentir social genuino. La verdadera justicia social en el arte no debería ser un ejercicio de "retoque" a la historia, sino de nuevas narrativas no instrumentalizando una causa para blindar comercialmente una obra que, de otro modo, podría carecer de alma o de propuesta artística real. Eso es lo épico.