México no llega al final de 2025 con estruendo, sino con desgaste. No hay colapso, pero tampoco alivio. El discurso de continuidad que acompaña al nuevo gobierno se estrella, una y otra vez, con una realidad que no se puede maquillar. A un año de haber asumido la presidencia, Claudia Sheinbaum gobierna entre inercias heredadas y expectativas que empiezan a impacientarse. El país cierra el año con una sensación incómoda: el cambio prometido avanza más en el relato que en la vida diaria de millones.
En lo económico, el entusiasmo oficial se fue diluyendo conforme avanzaron los meses. El crecimiento ronda apenas el 1%, insuficiente para un país joven y desigual. La industria retrocedió, la inversión se mostró cautelosa y el consumo perdió fuerza. Aunque la inflación dio un respiro y las tasas comenzaron a relajarse, el bolsillo no lo sintió. El famoso “milagro” sigue sin aparecer y la economía camina, pero a paso cansado.
La inseguridad, mientras tanto, no pidió permiso para seguir siendo protagonista. Ni el despliegue de la Guardia Nacional ni el discurso de contención lograron cambiar la percepción de un país que vive con miedo. Tres de cada cuatro mexicanos se sienten inseguros y la violencia, lejos de ceder, se normaliza. El crimen no solo cobra vidas; también cobra oportunidades, inversiones y tranquilidad. En muchas regiones, el Estado parece ir detrás de los hechos, no delante de ellos.
La corrupción tampoco se fue con el cambio de sexenio. El símbolo del pañuelo blanco se desdibujó frente a denuncias de nepotismo, desvíos y esquemas fiscales opacos. Los índices internacionales no mienten: México sigue estancado en los últimos lugares. La impunidad continúa siendo la regla y no la excepción. Cuando nueve de cada diez delitos no se denuncian, el mensaje es claro: la confianza en las instituciones sigue rota.
A todo esto se suma una herencia pesada. Los megaproyectos del sexenio anterior siguen consumiendo recursos sin entregar los resultados prometidos. Tren Maya, Dos Bocas y el Corredor Interoceánico demandan más dinero del que generan, mientras áreas clave como salud y educación sobreviven con presupuestos ajustados. Sheinbaum gobierna bajo la larga sombra de López Obrador, obligada a defender un legado que limita su margen de maniobra.
En el frente internacional, la relación con Estados Unidos se volvió más áspera. El regreso de Donald Trump al escenario político y la cercanía de la renegociación del T-MEC colocan a México en una posición vulnerable. Aranceles, migración y fentanilo marcan la agenda. La diplomacia mexicana camina sobre una cuerda floja: defender la soberanía sin poner en riesgo la estabilidad económica.
En casa, el poder se ha concentrado. La desaparición de organismos autónomos y la reforma judicial generan dudas en un momento en que el país debería ofrecer certidumbre para atraer inversiones. La presidenta mantiene buenos niveles de aprobación, pero la percepción comienza a cambiar: más continuidad que ruptura, más administración del pasado que construcción del futuro.
Así, México entra a 2026 sin colchón político ni económico. La estabilidad existe, pero es frágil. La transformación prometida se enfrenta ahora a la prueba más dura: dejar la narrativa y pasar a los resultados. El próximo año no admite ensayo y error. O el gobierno demuestra eficacia real, o el desgaste terminará por alcanzar incluso a quienes hoy aún confían.