¿Qué tan rentable seguirá siendo, con el paso del tiempo, la estrategia de enfrentar a los mexicanos? Digo, llevadas al extremo las cosas, el desenlace será una guerra civil, ni más ni menos. Y, miren, no sería la primera vez que las diferencias se resolvieran por medio de las armas en este país.
Hablando justamente de violencias y brutalidades, no se entiende la machacona glorificación oficial de la mentada Revolución Mexicana, como si no hubiera sido un episodio absolutamente devastador —que culminó además con la instauración de un régimen autoritario que estuvo en el poder ni más ni menos que 70 años— sino un acaecimiento que necesita ser elevado en los altares de la historia patria.
Tampoco es nada ejemplar que en México se hayan desatado incesantes conflagraciones a partir del momento en que emprendió su vida como nación independiente: algaradas, revueltas, insurrecciones… todos contra todos. ¿No hubiera sido mucho mejor que reinara una apacible civilidad y que los esfuerzos desperdiciados en combatirse entre hermanos se hubieran dedicado a edificar una tierra próspera y civilizada?
Esta última pregunta podemos hacérnosla ahora, en estos momentos. El discurso del régimen de la 4T se regocija, precisamente, en la calculada restitución de las viejas rencillas y llega inclusive al punto de reciclar los calificativos que portaban los antiguos bandos beligerantes, a saber, liberales y conservadores.
Los actuales gobernantes no sólo se han asignado por cuenta propia un papel trascendental (antes siquiera de que sean escritas las páginas en las que habrá de quedar debidamente consignadasu presunta dimensión legendaria) sino que también se han arrogado la facultad de acusar de “conservador” a todo aquel que no comulgue fanáticamente con sus credos y doctrinas.
El simple hecho de ejercer el pensamiento crítico o de cuestionar las políticas públicas que está implementado el actual régimen lleva a merecer los más rabiosos adjetivos y las más destempladas descalificaciones. El tal “humanismo mexicano”, o como se llame, es en realidad un ejercicio de intolerancia que nada tiene que ver con los principios liberales pero lo más inquietante y perturbador es el divisionismo promovido desde la tribuna palaciega.
Ya ha corrido mucha sangre, en estas tierras, como para que el escenario se vuelva a poblar de adversarios y enemigos.