Ese, y no otro, era el eslogan que pregonaban los revolucionarios cubanos en los tiempos del carismático y reverenciado Fidel Castro, el caudillo comunista que le plantó cara a los Estados Unidos y que con ello se agenció no solo las simpatías de sus hermanos latinoamericanos sino el apoyo de la intelectualidad europea de izquierda.
Pues, miren ustedes, la muerte fue, y sigue siendo, el negocio de esa gente. En los primeros años de doña Revolución Cubana, fueron fusilados centenares de antiguos colaboradores del régimen de Fulgencio Batista y el propio Ernesto Che Guevara lo reconoció abiertamente, sin ambages, ante la Asamblea de las Naciones Unidas en 1964: “Es una verdad conocida y la hemos expresado siempre ante el mundo. Fusilamientos, sí. Hemos fusilado, fusilamos y seguiremos fusilando mientras sea necesario. Nuestra lucha es una lucha a muerte”.
El asunto de determinar qué tan “necesario” sea fusilar a alguien en tal o cual circunstancia es un tanto escabroso pero, bueno, nos queda muy claro que el instinto de muerte le brotaba a borbotones al compañero de armas de Castro.
Ahí no paró la cosa, sin embargo, porque una vez exterminados los agentes, cómplices y socios de Batista prosiguieron los muy necesarios fusilamientos de opositores y disidentes, por no hablar de que murieran en las prisiones o como víctimas de ejecuciones sumarias. El paredón fue el destino inclusive de algunos de los insurgentes de la primera hora, los “camaradas” que habían acompañado a Castro en su empresa de derrocar a Batista, entre ellos el general Amaldo Ochoa, un héroe de la gesta revolucionaria, varias veces condecorado. El supremo dictador, muy seguramente, se inspiró en los juicios de Moscú instigados por Iósif Stalin para llevar a cabo la purga.
En el apartado de matar a seres humanos –así nada más, sin la celebración de un juicio, sin sentencias ni escuadras de fusilamiento— el remolcador 13 de Marzo, del que se apropiaron 72 cubanos que querían huir de la isla, fue hundido deliberadamente en la bahía de La Habana al ser embestido por las naves Polargo que lo perseguían, muriendo ahogados 41 civiles, de los cuales diez eran niños.
Así que, con perdón, siendo la muerte algo consustancial al credo castrista, el sufrimiento del pueblo cubano viene siendo un tema menor en estos momentos, no algo que vaya a ocasionar el fin de la dictadura.