Se emperran, los clérigos iraníes, en encabezar un régimen de terror. Les siguen cayendo bombas encima y los cazas de la aviación israelí-estadounidense ya dieron cuenta del ayatolá Jameneí y de algunos familiares cercanos que pernoctaban en su guarida. Pues bien, una tal Asamblea de Expertos acaba de nombrar a Mojtaba Jameneí, el segundo hijo del ultimado cabecilla, como nuevo líder supremo del sagrado sistema de la República Islámica de Irán.
Resulta entonces que la tal “República” es una dinastía: el más alto cargo se transmite de generación en generación, faltaría más, y lo que importa es eso, precisamente eso, que el poder se mantenga en manos de los mismos, así sea que prosigan los horrores de la guerra –la muerte de niños y mujeres, el sufrimiento de la población civil y la implacable destrucción de bienes públicos— y que el precio a pagar se vuelva absolutamente descomunal al final del camino.
Ellos mismos, los religiosos fascistas que reinan en la antigua nación persa, han sido los primerísimos en masacrar a su propio pueblo –más de 30 mil iraníes asesinados por la Guardia Revolucionaria Islámica (lo de “revolucionario” se esta volviendo una auténtica palabrota, oigan, un terminajo que sirve de pretexto para ejercer la salvaje violencia del Estado, para cancelar las libertades y pisotear los derechos humanos) en las manifestaciones del pasado mes de enero— y carecen por lo tanto de toda moralidad.
Pero, justamente, para que no tenga lugar un auténtico movimiento revolucionario, ahí sí, en el que el pueblo se movilice para acabar con la opresión y la dictadura, la mafia gobernante perpetra escalofriantes atrocidades: su materia prima es el temor, señoras y señores, el miedo del ciudadano a ser encarcelado, torturado o ajusticiado por los agentes del poder.
En fin, ahora que vemos la respuesta de la cúpula iraní a los avasalladores ataques de las fuerzas estadounidenses e israelíes, constatamos, una vez más, que los autócratas son perfectamente capaces de hundirse con el barco entero: jamás les ha preocupado el sufrimiento ajeno y por esa misma razón es tan dificultoso desmontar el entramado que han construido, ya sea en Irán o en Cuba. Venezuela, con todo, parece un caso aparte: la mujer al timón es bastante menos suicida.
Los otros, ¿rendirse? No, primero muertos…