La malignidad de los líderes populistas se manifiesta sobre todo en sus seguidores. Nuestras sociedades no están pobladas únicamente de individuos generosos y tolerantes, sino que en el corazón de muchos sujetos late toda la maldad del mundo. Contienen éstos su inquietante salvajismo, sin embargo, porque en la arena pública no se escuchan las toscas voces de los bárbaros ni resuenan tampoco llamados a la oscura violencia de los tiempos antiguos. El proceso civilizatorio ha mitigado grandemente la intemperancia de quienes detentan el poder y su discurso se ajusta, hoy día, a unas normas que exigen mesura y urbanidad, en oposición a las incendiarias soflamas que acostumbraban los conquistadores y, en una categoría menor, los caciques regionales con aspiraciones de tirano. La propia democracia liberal, en su condición de doctrina dirigida a asegurar derechos ciudadanos y a garantizar libertades, no convoca al extremismo, sino que, por el contrario, promueve el reconocimiento del opositor, consiente el pensamiento crítico y privilegia la libre expresión. En una sociedad abierta no hay lugar para los sectarios y ellos mismos perciben tan cabalmente esta realidad que limitan (o limitaban, porque las redes sociales les ofrecen ahora foros sin mayores trámites) sus actuaciones a un ámbito personal —o hasta clandestino, cuando se les aparece el intimidatorio espantajo de la legalidad— y restringen sus actividades sospechando, con cierta razón, que la intransigencia carece (todavía) de cartas de nobleza.
Todo cambia, desafortunadamente, cuando el caudillo populista se aparece en el escenario y comienza a bramar amenazas con la zafiedad del bruto de cantina o a soltar las bravatas del matón de barrio. Ahí, los violentos se sienten reconocidos porque en la abierta propalación de chabacanas rudezas y ramplonerías ven a uno de los suyos. La incultura, entonces, ya no se oculta, ya no es algo que pudiere ser un tanto vergonzante o inapropiado. Por el contrario, es el estilo que practica el mismísimo líder, miren ustedes, y los fanáticos no solo se identifican plenamente con el dirigente, sino que están dispuestos, precisamente porque ha sido él quien los ha legitimado, a luchar a su lado y, llegado el caso, a servirle en el trabajo sucio de amedrentar –o hasta atacar violentamente— a sus opositores.
Donald Trump es precisamente uno de esos bravucones. Ha lanzado amenazas sin pudor alguno, ha insultado, ha mentido y ha calumniado con un cinismo que, por lo visto, embelesa a sus seguidores. No todos sus partidarios son intransigentes, desde luego, pero un sector de ellos sí parece estar dispuesto a responder a los llamados del supremo provocador. Advierte, el inquilino de la Casa Blanca, que pudiere no reconocer los resultados de las próximas elecciones. ¿Qué va a pasar?
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