La apuesta de muchos analistas y observadores, por lo menos en los países que promueven la libertad y que garantizan derechos a todos sus ciudadanos, es que la impopularidad de Putin, alimentada día a día por las consecuencias de las sanciones y el aislamiento de Rusia, terminará por pasarle factura. O sea, que el pueblo se levantará o, tal vez, que los propios militares, en alianza con los oligarcas que están perdiendo privilegios y caudales a pasos agigantados, lo apartarán del poder. Un providencial golpe de Estado, en los hechos.
Pues no: para una gran mayoría de los pobladores de la antigua Unión Soviética, el primerísimo y gran culpable de las durezas que sobrellevan cotidianamente los rusos es… Occidente. Es decir, las naciones que, solidarias con un pueblo que afronta la arbitraria y brutal invasión de su territorio, pusieron en práctica medidas de presión para que el despiadado autócrata se lo piense dos veces antes de proseguir con su destructiva empresa. El supremo pecador no es el mandamás de un régimen totalitario sino unas naciones que conspiran, miren ustedes, para que la patria rusa no pueda recobrar su pasada grandeza.
En Cuba, otro país sojuzgado por una camarilla de siniestros opresores, el directo causante de la miseria de millones y millones de pobladores privados no sólo de los más elementales derechos humanos sino despojados también de productos básicos de consumo, el directo causante —repito— no es un comunismo que destruye riqueza y que le quita al Estado la capacidad de recaudar los recursos generados por la iniciativa privada sino… el “bloqueo” de los Estados Unidos (entrecomillo el término porque la isla sigue importando alegremente alimentos, bienes agrícolas y medicinas de la gran potencia imperialista). Los perjuicios del embargo comercial son innegables pero, caramba, ¿cómo te explicas entonces que la Revolución necesite tan desesperadamente de todo aquello que produce la economía capitalista? ¿No estamos hablando de una descomunal incongruencia? ¿En
que quedamos?
Aquí dominamos también el arte de repartir responsabilidades y de señalar a los culpables de turno. Somos un país que ha vivido en un permanente enfrentamiento interno desde que comenzó su vida como nación independiente. Incapaces de prosperar por cuenta propia, nos hemos dedicado a inventar enemigos cada que la ocasión lo ha merecido. En los últimos tiempos se ha reciclado la antigua denominación de “conservador” para explicar las miserias del presente y justificar que, por culpa de esa maligna subespecie, no vivimos en el mejor de los mundos. Pero también han aparecido en escena otros culpables connotados: los españoles y sus contratos leoninos, los austriacos que no devuelven plumajes, los panameños inquisitoriales, los eurodiputados entrometidos… ¡Uy!
Román Revueltas Retes
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