Los delincuentes son humanos, es cierto, pero son sujetos deshumanizados. La crueldad es su negocio particular: cortan orejas, amputan dedos, torturan hasta la muerte a los miembros de la banda rival, asesinan al niño secuestrado luego de haberle cobrado a la familia el rescate exigido, cuelgan cadáveres en los puentes a la vista de todos, extorsionan a la gente de bien, roban, matan…
No necesitan ser cuidados, deben ser combatidos. Y, cuando se aparecen desafiantes en el escenario, armados y pertrechados como si fueran las milicias regulares de toda una región, la respuesta de las fuerzas de seguridad del Estado no tendría que ser la retirada sino una inmediata exigencia de rendición y, en caso de abierta resistencia a la orden, un enfrentamiento directo.
La violencia es el último recurso a utilizar. Pero, justamente, el Estado moderno está plenamente facultado para recurrir a la fuerza cuando en el espacio público intervienen terceros que pretenden suplir sus funciones y ejercer un poder paralelo. El reinado del crimen en los territorios soberanos de una nación es absolutamente inadmisible bajo cualquier punto de vista. La primerísima obligación del gobernante es garantizar la seguridad de sus ciudadanos y las leyes existen para ser respetadas, no para pretextar excepciones, aquí y allá, que llevan a que los delincuentes se llenen los bolsillos amenazando a los comerciantes del vecindario, a que se apropien de los combustibles que fluyen por las tuberías de las empresas petroleras o a que rapten a jóvenes mujeres para prostituirlas.
En lo que toca a los sentimientos humanitarios que pudieren despertar los que roban y matan, el delincuente pierde su (presunta o posible) condición de víctima a partir del momento en que el maltrato que pueda haber vivido lo hace volverse un verdugo de los demás. Pero, hay otra cosa: así como no todos los pobres se convierten en rateros, tampoco todos los individuos que han sufrido durezas terminan siendo unos canallas.
En un mundo ideal, el ladronzuelo y el estafador deberían de ser individuos rescatables y el sistema penitenciario servir para dirigir sus vidas por buen camino. Pero sucede exactamente al revés: las cárceles, en México, son unos infiernos en los que se te condena a seguir por la senda del crimen. Y, peor aún, el país entero está poblado de asesinos en libertad, de secuestradores que se sientan a tu lado en la mesa del restaurante, de desenvueltos atracadores que jamás han pisado una cárcel…
Y, algunos, tan insolentes y descarados, encima, que ahora van en comandos, exhibiendo a sus anchas el poder que el Estado les ha cedido y plantando cara, en sus mismísimas narices, a los cuerpos policiacos y a las Fuerzas Armadas.
Los mexicanos de bien son quienes necesitan apremiantemente cuidados y protección, no estos humanos deshumanizados.
Román Revueltas
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