Política

¿Cómo arreglar las cosas? Muy simple, mintiendo…

La política es el arte del ocultamiento, eso ya lo sabemos. El asunto es que mientras más morrocotudos sean los problemas, mayores serán también los disimulos que necesiten desplegar los responsables políticos, hasta el punto de que la mentira se vuelva su herramienta predilecta, por no decir indispensable.

El fabricante habrá de cacarearte las virtudes de su producto y el vendedor intentará convencerte a punta de tentadoras ofertas, pero son gente que compite en la despiadada economía de mercado y al final del camino se encuentra el consumidor, dueño de su capacidad de decisión y totalmente indispuesto, digamos, a volver a comprar un coche plagado de fallas o a pasar otras vacaciones en un hotel con mala comida y un personal desatento.

El político, cuando acata por convicción y primigenia decencia las reglas del sistema democrático, es también un competidor nato: sabe que enfrente están los opositores, dispuestos en todo momento a saltar al ruedo para ejercer el mando. Pues bien, a los autócratas no les gusta en lo absoluto ese orden de cosas: su negocio es el poder, antes que nada, y la mera existencia de individuos que pudieren disputarles ese cargo suyo que tanto apetecieron les resulta indigerible. Lo primero que hacen, entonces, es cerrarles las puertas a los demás. ¿Cómo? Muy sencillo: se aplican a la tarea de ir desmantelando poco a poco la estructura que les permitió llegar hasta arriba a ellos mismos.

Lo estamos viendo, aquí y ahora, con los adalides de doña 4T: se arrogaron tramposamente una representación que no obtuvieron en las urnas y alcanzaron así una mayoría tan “calificada” como espuria para cambiar a su gusto los preceptos de nuestra Constitución; les estorbaban los jueces –árbitros perfectamente facultados para detener un proyecto, para amparar a los mexicanos frente a los abusos, para determinar la legalidad de los procedimientos y salvaguardar nuestras leyes— de manera que armaron una mascarada de elección e, induciendo el voto con sugerencias divulgadas públicamente, en flagrante desacato a las normas electorales, se las apañaron para tener magistrados a su servicio; y, bueno, para coronar la labor, ahora van a por las disposiciones que garantizan la celebración de elecciones transparentes y confiables, con todo y que ya colonizaron a los organismos electorales.

Misión cumplida, entonces. Y, desde luego, apuntalada en mentiras, calumnias y ataques personales a quienes se les interponen en el camino.

Un mero ejemplo: luego de que la Suprema Corte de Justicia de la Nación fuera presidida por doña Norma Piña, una distinguida y honorable jurista, llegó al máximo tribunal un aspirante a tlatoani con tan malos reflejos que no pegó un brinco cuando una rastrera subalterna se arrodilló para limpiarle los zapatos. O, mejor dicho, le pareció algo perfectamente natural. ¿Qué dijo, después, para explicarle al mundo su altanería? Pues mintió, faltaría más.

Así las cosas, hoy, en este México…


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Román Revueltas Retes
  • Román Revueltas Retes
  • revueltas@mac.com
  • Violinista, director de orquesta y escribidor a sueldo. Liberal militante y fanático defensor de la soberanía del individuo. / Escribe martes, jueves y sábado su columna "Política irremediable" y los domingos su columna "Deporte al portador"
Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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