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Sábado , 23.03.2019 / 07:44 Hoy

La Semana de Román Revueltas Retes

"America is already great!"

Román Revueltas Retes

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Hablando de solemnidades y ritos republicanos, dos cosas fueron particularmente notorias en la toma de posesión del cuadragésimo quinto presidente de los Estados Unidos de América: en primer lugar, podríamos decir que la nación estadounidense es lo más cercano a una teocracia en relación al resto de las democracias occidentales. Al parecer, el tema de laicidad del Estado moderno no les preocupa demasiado a unos estadounidenses que, para proclamar públicamente la llegada al poder de su Comandante en Jefe, no sólo celebran rezos y oraciones sino que la juramentación del investido se realiza ante el Altísimo, Santa Biblia de por medio. Lo segundo que llama la atención es el gusto por la música de esa gente: suenan, en todo momento, solemnísimas fanfarrias ejecutadas impecablemente por imponentes trompetas heráldicas, marchas de John Philip Sousa que, desde luego, las interpreta la Banda de la Marina (de la que fuera él mismo director, a los 26 años, en 1880) y, ya en plena ceremonia, en la fachada poniente del Capitolio de Washington reverberan las refinadísimas voces del Coro de la Universidad del Estado de Missouri que aborda, en esta ocasión, una muy complicada pieza de John Wikoff compuesta sobre el poema Now We Belong del poeta Michael Dennis Browne.

En fin, terminadas las pomposidades y realizado el juramento, el recién nombrado presidente pronuncia un discurso en el que anuncia las grandes líneas de acción de lo que será su mandato. Y ahí, Donald John Trump no deja de ser el mismo personaje que hemos visto a lo largo de su campaña electoral aunque anteayer, obligado por la majestad de la circunstancia, haya atemperado su bravuconería y no se haya permitido soltar amenazas directas, advertencias a sus vecinos del sur o sus habituales fanfarronadas. De hecho, redujo sustancialmente el uso de la primera persona del singular.

Pero lo más inaudito, si lo piensas, es que centró su alocución en la flagrante falsedad de que los Estados Unidos han perdido “grandeza”, poderío y bienestar siendo que quien hubiera debido lanzar ese discurso revanchista era Barack Obama al ocupar la presidencia, en 2009, en medio de la más severa recesión económica desde la Gran Depresión de 1929. Desde entonces, y gracias a su extraordinario trabajo al frente del Ejecutivo (y a pesar del abierto sabotaje de una oposición infamemente obstruccionista), los Estados Unidos han conocido el más prolongado período de creación de empleo de su historia (75 meses consecutivos), redujeron el déficit del presupuesto federal, disminuyeron la tasa de desempleo a menos de cinco puntos porcentuales, crecieron económicamente luego del desplome ocurrido al final de la gestión de George W. Bush, rescataron a su industria automotriz (hablando de crear empleos, miren ustedes) y, por encima de los otros muchísimos logros debidos al primer presidente negro que hayan tenido, se beneficiaron de la inteligencia, la sensatez, la prudencia, la generosidad y la profunda honradez de un individuo tan excepcional que, ahora mismo, deja el cargo con un índice de popularidad de 60 por cien, 20 dígitos por arriba de la cifra de aceptación que tiene… ¡un mandatario que acaba apenas de ocupar el cargo y que no ha comenzado siquiera a experimentar el desgaste natural que conlleva el ejercicio de la función presidencial!

Ah, pero se aparece Trump en la tribuna y, pintando un escenario catastrófico, se presenta a sí mismo como el gran salvador de la nación y avisa, al mismo tiempo, que va a tomar medidas para que los intereses de “América” predominen sobre los de todos los demás países: “Hay que comprar solamente productos americanos”, ruge, entre otras de las exhortaciones que lanza. Ahora bien, ¿no es eso, precisamente eso, lo que desearía cada una de las demás naciones del planeta Tierra? ¿No quisiéramos, aquí mismo, que fueran de marcas mexicanas todos los teléfonos móviles y los coches y las pantallas planas y los medicamentos y las herramientas y la ropa que compramos? Pongamos que así fuere, pero entonces ¿no desearíamos, a la vez, exportar esos productos? (algo que, en los hechos, significa que se los venderíamos a algún otro país, a saber, una nación desinteresada y generosísima que, suponemos, renunciaría jubilosamente a la prerrogativa de no importar cosas del exterior para adquirir nuestras mercaderías).

Consignadas de tal manera las aspiraciones de cada país, nos damos cuenta de la profundísima contradicción que entraña la demagogia populista: Trump en realidad está diciendo lo siguiente: “Le notifico al pueblo soberano de los Estados Unidos que las demás naciones no existen o, por lo menos, que no tienen intereses y que nosotros somos los únicos que vamos a beneficiarnos del comercio mundial, produciendo todo aquí, comprando todo aquí y vendiendo todo lo de nosotros allá”.

¿Eso es lo que se nos viene encima? Pues, ustedes dirán qué tan factible y realizable es…

revueltas@mac.com

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