Política

'Niño Guerrero'

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M+.- El pasado 12 de junio Donald Trump anunció en sus redes sociales que su Comando Sur había hecho volar una casa al sur de Venezuela, en la zona donde se extrae el oro. Allí estaba escondido Héctor Rusthenford Guerrero Flores, alias el Niño Guerrero, a sus 43 años cabeza del Tren de Aragua, el cartel venezolano que fue nombrado por el pueblo contiguo a la infame prisión de Tocorón, donde se gestó.

El golpe, sin embargo, sucedió días antes. Entre el 8 y el 9 de junio medios venezolanos reportaron en la zona de Las Claritas, en la frontera con Guyana, muy cerca de Brasil, el sobrevuelo de helicópteros militares, y la llegada de escuadrones de la Guardia Nacional Bolivariana y de agentes del Sebin, la oficina de inteligencia venezolana, para tomar el control de las minas, cerrar las vías de transporte y pedirle a los vecinos que evacuaran o permanecieran en sus casas. Poco después, se escucharon unos bombazos y una bola de fuego envolvió el caserío de marras.

La coordinación de las tropas nacionales previa al ataque indica claramente que Delcy Rodríguez estaba en la jugada. Con todo, pasaron cinco o seis días y nadie en Caracas había reconocido el operativo, ni congratulado a sus fuerzas armadas por la parte que jugaron en la caída de uno de los capos más astutos, crueles y peligrosos del mundo, el enemigo público número uno de su país. Quizá porque no lo era, o no hasta hace poco: desde el penal de Aragua, Guerrero consolidó y manejó su cartel con la total bendición de Maduro y de la misma Delcy, quien fungía entonces como Vicepresidente y cabeza del temido Sebin. Tanto así que él se construyó allí una alberca, un campo de beis, una discoteca, restaurantes y hasta un zoológico. A cambio, se convirtió en aliado incondicional del chavismo, aportando las escuadras de paramilitares que torturaban, asesinaban y desaparecían opositores, y que cobraban extorsiones a lo largo de la cadena productiva donde un generoso porcentaje iba derechito a Miraflores. Cuando, en 2023, presionado por organismos internacionales, el gobierno cerró Tocorón, Guerrero fue avisado con tiempo y escapó a la frontera sur, desde donde, junto a sus panas del ELN y las FARC, controlaba los estados de Bolívar y Amazonas como si fueran suyos, cobrándole derecho de piso a unas minas que poseen las reservas de oro más grandes del continente en complicidad con unos generales que las custodiaban sólo de nombre.

Vaya coincidencia: apenas esta pasada primavera, con el beneplácito de Washington, el Parlamento venezolano aprobó una nueva ley de minas que, como antes la de los hidrocarburos, va a permitir la entrada de capital extranjero a la industria de 500 mil millones del oro venezolano que, hasta ahora, era usufructuada exclusivamente por los chavistas: los de Miraflores y los de Aragua. Los drones entraron en juego cuando la nueva administración en Venezuela decidió que a ese negocio le sobraba un socio. Falta ver si, cuando le toque el turno, Sheinbaum se va a inclinar por entregar calladamente a sus narcopolíticos como Delcy o por esperar a que los dinamiten como a Rusthenford.


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Roberta Garza
  • Roberta Garza
  • Es psicóloga, fue maestra de Literatura en el Instituto Tecnológico de Monterrey y editora en jefe del grupo Milenio (Milenio Monterrey y Milenio Semanal). Fundó la revista Replicante y ha colaborado con diversos artículos periodísticos en la revista Nexos y Milenio Diario con su columna Artículo mortis
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