Política

Bob Thurman y México

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Ahora que estamos en plena cruda post derrota mundialista, va un divertimento que se me quedó en el tintero: el pasado 16 de junio murió Robert Thurman, conocido por la mayoría como el papá de Uma, la actriz. Para otros fue el fundador, junto a Richard Gere y Philip Glass, de la Casa Tibet, y un enciclopédico maestro de budismo tibetano en la universidad de Columbia, donde tuve el privilegio de tomar la última clase que allí dio antes de retirarse.

Thurman, guapo y carismático, poseía una veta aventurera a la cual rara vez le metía freno: en 1958 quiso ir a hacer la revolución junto a Fidel Castro pero, como era menor de edad, lo regresaron a su casa cuando buscaba barco para cruzar de Miami rumbo a la isla. Fue expulsado de la prestigiosa academia donde cursaba el último año de preparatoria y, con todo, fue admitido en Harvard, no sin que antes, como me contó cuando se enteró de que era mexicana, apagara sus sueños latinoamericanistas yéndose a vivir un año a México, donde se empleó de arriero, de recolector de aguacates o de lo que se le antojó hacer en el campo michoacano. Al regresar se casó, muy joven, con una heredera de grandes industriales petroleros y coleccionistas de arte, y pronto tuvo una hija. Un buen día, cambiando una llanta, la presión del aire aventó el gato y le destruyó un ojo. Cuando salió del hospital decidió que —en sus palabras— no quería pasar el resto de sus días tomando champaña y mirando Renoirs, dejó todo y a todos y se largó a India.

Pasaron años. Regresó a Nueva York al funeral de su padre y allí conoció a un monje mongol que, sabiendo que deseaba dedicarse de lleno a lo que había comenzado a practicar en sus viajes, lo presentó con el Dalai Lama. El gringo tenía 24 y el tibetano 29, y Thurman se convirtió en el primer occidental en ser ordenado en el seno de los gorros amarillos.

Al paso de los años acertó al pensar que monjes había un montón, pero divulgadores serios del budismo esotérico, en occidente, ninguno. Asumió la academia como el sucedáneo perfecto del claustro y, en buena parte, nunca dejó de vivir como asceta: con sus propias manos se construyó una casa rústica en el campo, al norte de Nueva York, y allí vivió, hasta su muerte, con Nena, una hermosa ex modelo y actriz europea convertida en psicoanalista que, curiosamente, nació en México, al estar su padre en misión diplomática en el país. Con ella tuvo cuatro hijos y un matrimonio envidiable y amoroso.

La última aventura mexicana que me contó Thurman fue la de un instituto budista, cuyo nombre no diré, que ofreció traducirle al español una de sus disertaciones sobre la Sutra del Corazón, documento fundacional Mahayana cuyo mantra condensado dice, en sánscrito, así: “Gate, Gate, Paragate, Parasamgate, Bodhi, Svaha”, lo cual más o menos alude a la fuga del ser —“Gate” es huida, huyendo, escape— hacia la iluminación al comprenderse la vacuidad conceptual de los fenómenos aparentes. Thurman se partía de la risa contando cómo el instituto en cuestión le presentó la versión traducida como “Puerta, Puerta, Puerta, Parapuerta, Parasmpuerta, Bodhi, Svaha”.

Pues, ah, que caray.


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Roberta Garza
  • Roberta Garza
  • Es psicóloga, fue maestra de Literatura en el Instituto Tecnológico de Monterrey y editora en jefe del grupo Milenio (Milenio Monterrey y Milenio Semanal). Fundó la revista Replicante y ha colaborado con diversos artículos periodísticos en la revista Nexos y Milenio Diario con su columna Artículo mortis
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