En los años de 1989-1990 estaba cursando los últimos años de la residencia en pediatría, sí, con guardias de mucho más de 24 horas que no me dejaron otra cosa mas que mucha enseñanza, experiencia y resiliencia.
No tuve que ir al sicólogo por esos maravillosos desvelos.
A los médicos de esa generación nos tocó lidiar con la, hasta ahora, última gran epidemia de sarampión en México.
Por varias razones, sólo se administraba una dosis de una vacuna que no era muy efectiva y las coberturas de inmunización eran muy bajas.
El hospital donde cursé mi especialidad, el Instituto Nacional de Pediatría en la Ciudad de México, como parte de los Institutos de Salud, recibía en tercer nivel a niños de todo el país, aquellos más graves y complicados.
Una vez que empezó la epidemia, dada la contagiosidad del sarampión (en un lugar cualquiera, si hay un caso en periodo contagioso, el 90% de los no vacunados en contacto cercano se enfermará, ya que es aproximadamente seis veces más contagioso que el COVID o la influenza), el nosocomio empezó a llenarse de casos hasta ocupar más de la mitad de las camas disponibles.
Sucede que este temible virus “borra” toda la memoria inmunológica adquirida previamente, condición que puede durar por varios años, dejando a los enfermos, y sobre todo a los niños, sin protección contra bacterias y virus “convencionales”.
Tuvimos muchos enfermos graves, que desgraciadamente fallecieron o quedaron con secuelas, sobre todo pero no exclusivamente aquellos que venían de comunidades de bajos recursos y estaban desnutridos.
A nivel nacional, se reportaron aproximadamente 89,000 casos y cerca de 6,000 defunciones, según datos oficiales, pero por “inferencia bayesiana” es lógico pensar que fueron muchos más en ambos rubros. La tasa de letalidad fue del 6.6%.
A partir de 1991, se instituyó la segunda dosis de vacuna para toda la población.
El Secretario de Salud bajo la presidencia de Carlos Salinas, el Doctor Jesús Kumate Rodríguez, pediatra infectólogo, impulsó uno de los proyectos de salud pública más trascendentes en la historia moderna de México bajo el lema de “todos los niños, todas las vacunas”, fortaleciendo el Programa Nacional de Vacunación con cobertura universal, campañas masivas y semanas nacionales de inmunización que lograron alcanzar incluso a comunidades rurales y marginadas; gracias a esta estrategia sostenida durante las décadas de 1980 y 1990, México elevó de forma histórica sus coberturas contra sarampión muy por arriba del 95%, interrumpió la transmisión endémica del virus y sentó las bases para que el país, junto con el resto del continente americano, lograra la eliminación del sarampión autóctono, demostrando que la vacunación sistemática, equitativa y basada en evidencia podía transformar la mortalidad infantil y convertirse en un modelo internacional de prevención sanitaria.
Hace dos décadas éramos, gracias a él y a su equipo, ejemplo mundial en vacunas, por encima de muchos países de primer mundo incluyendo el distópico vecino del norte.
Desde luego, los padres de familia tenían confianza en sus médicos y aceptaron esas salvadoras campañas masivas de protección, pues no había mesías de tik tok ni coaches conspiranoicos capaces de transmitir sus falsedades ya que no había redes sociales.
(El ya fallecido Umberto Eco, el máximo semiótico, habló muy claro sobre los que opinan en las redes sin el conocimiento necesario, si desea usted buscarlo).
Veintitantos años después, en donde los Kumate y las eficientes instituciones de salud preventiva fueron sustituidos por los López-Gatell, el INSABI, la política de austeridad y de remate la llegada del COVID19; en donde el consejo de salud de los médicos ya no es creíble para muchos padres de familia que prefieren recibir su orientación (¿adoctrinación?) de los gurús antivacunas de Youtube, Instagram etc…
Y para contribuir finalmente a esa tormenta perfecta, una sociedad que, aunque confía en las inmunizaciones, “bajó la guardia”, no teniendo al corriente el esquema mínimo de la cartilla de vacunación.
El sarampión, como muchos otros virus, son recurrentes cada tantos años, por lo que estamos otra vez de regreso en 1990 dadas esas las condiciones favorables.
En aquellos años, después de varias noches de mucha tristeza, angustia y frustración en las guardias cuando se nos moría un paciente, y esperanzado con las coberturas de vacunación en los años posteriores, tuve la idea ilusa de que nunca iba a tener otra epidemia de este agente infeccioso al contar con un arma poderosa, sin efectos (deveras, no causa autismo ni otras cosas) y muy barata: la vacunación.
Una dosis confiere 90% de protección, dos dosis, más del 97%.
Tardía, muy tardíamente, la población se está vacunando masivamente. Saldremos de esta, pero con muchos hospitalizados y desgraciadamente, con niños ya fallecidos.
Nos fascina a los mexicanos aferrarnos al salvavidas hasta que ya tenemos el agua al nivel de las fosas nasales en vez de ponernos ese elemento salvador antes de entrar al río.
Somos reactivos, no preventivos… Pero… ¿Qué necesidad?
Querido padre de familia: aprovecha esta lección para poner al corriente las vacunas de tus hijos.
No pierdas la cartilla, es tan importante como la credencial de elector o el pasaporte. Digitalízala para el futuro.