La verdadera riqueza de una nación no se mide únicamente por su Producto Interno Bruto, sino por su capacidad para proteger la salud de sus ciudadanos. Una economía puede crecer, las inversiones pueden aumentar y las cifras macroeconómicas pueden ser alentadoras, pero si las personas no tienen acceso oportuno, digno y asequible a la atención médica, esa prosperidad termina siendo incompleta. En ese indicador, México mantiene una deuda cada vez más evidente con su población.
Basta mirar alrededor para entender la realidad. Los hospitales privados ofrecen tecnología y especialistas de primer nivel, pero a un costo que resulta prohibitivo para la mayoría de los mexicanos. Con frecuencia, además, la transparencia en la facturación deja mucho que desear. Los seguros de gastos médicos, concebidos para brindar tranquilidad, se han convertido en un privilegio cada vez más difícil de sostener.
En cuanto al sistema público de salud, sería irresponsable atribuir su deterioro a un solo gobierno. Se trata de un problema acumulado durante décadas, agudizado en estos dos últimos sexenios. La situación actual dista mucho de ofrecer la atención oportuna, suficiente y digna que la Constitución garantiza.
Mientras tanto, las reformas que podrían introducir mayor transparencia y equilibrio en la relación entre hospitales, aseguradoras y pacientes permanecen, una vez más, en el limbo político. La salud parece ser una prioridad en los discursos, pero rara vez en las decisiones.
El resultado es evidente: cada vez más familias enfrentan solas el costo económico y emocional de enfermar. La enfermedad puede convertirse en una tragedia médica, pero también financiera.
Ante este panorama, la prevención deja de ser una recomendación para convertirse en una estrategia de supervivencia. Mantener un peso saludable, comer mejor, hacer ejercicio con regularidad, dormir lo suficiente y reducir el tiempo dedicado a las pantallas son decisiones que dependen, en buena medida, de nosotros. Son las intervenciones más eficaces y menos costosas que existen para preservar la salud.
Paradójicamente, lo más barato suele ser lo más difícil. No porque requiera dinero, sino porque exige disciplina en una sociedad diseñada para premiar el sedentarismo, el consumo excesivo y la gratificación inmediata.
La decisión de cuidar nuestro cuerpo sigue siendo la inversión con el mayor rendimiento posible. Las sociedades prosperan cuando sus ciudadanos están sanos. Las familias también. La salud no es un lujo, ni un gasto, ni una mercancía más: es el patrimonio que sostiene todos los demás.
Porque el día que la salud falta, todo lo que parecía importante pierde, de golpe, su verdadero valor.