En la famosa cafetería Duca D’Este, Carlos Monsiváis hacía la lista de los escritores a los cuales el suplemento La Cultura en México les cortaría la cabeza. La Zona Rosa ya no era nada, unas cuantas calles perdidas viviendo de su leyenda, una colonia fea y olvidada.
Durante años, Monsiváis citaba a los colaboradores de ese suplemento en cafés de la Zona Rosa. Lo escuché hablar de la vida cultural mexicana en el Vip’s de Reforma y Lieja; en un Wing’s, de Londres y Génova, Carlos hablaba de la basura inadmisible del régimen priista.
La Zona Rosa fincó sus sueños en una de las primeras colonias porfirianas de la ciudad, entre los chalets y los palacetes a los cuales se mudaron las eminencias porfirianas en los primeros años del siglo XX en busca del hechizo de París y el sueño de Londres. Se llamaba Colonia Americana y se fraccionó en los terrenos de la Hacienda de la Teja.
Los urbanizadores porfirianos compraron a precios de risa grandes extensiones de terreno y construyeron casas con mansardas y jardines, torreones y terrazas, balcones, grandes comedores y salas de estar. No pocas fortunas porfirianas provienen de ese negocio antiguo: vender caro lo que compraron barato o sencillamente se apropiaron mediante la exacción y la influencia. De allá viene la Zona Rosa.
A quienes caminamos por las calles de Niza, Hamburgo, Génova, Londres y Amberes a mediados de los 80 nos tocó el segundo declive de la Zona Rosa, el de las calles ganadas por la inseguridad, el imperio del giro negro, la extorsión a la comunidad lésbico-gay, las calles hundidas y mal alumbradas que después del terremoto de 1985 fueron secuestradas por la corrupción de las autoridades que vendieron a diestra y siniestra permisos para nuevos establecimientos mercantiles. Desde entonces, la Zona Rosa es feísima, peligrosa, sin más patrimonio que la leyenda de sus viejas calles.
En “La Casa de la bandida”, Carlos Tello Díaz recordó que “El señor Bellinghausen llegó, así, al país de su destino. Al dejar de trabajar en el castillo del presidente, disgustado con su mujer, puso con sus ahorros un comercio junto a la estación de tranvías de la Avenida de los Insurgentes. Tiempo después fundó La Culinaria —que llamó más tarde Restaurante Bellinghausen— en el número 95 de la calle de Londres”.
Voy a ir a comer al Bellinghausen. No he leído ninguna noticia de que sus comensales se hubieran convertido en fantasmas.
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