Cultura

La música: territorio inapropiable

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A finales de agosto de 2022, la compositora mexicana Gabriela Ortiz (1964) ingresó a El Colegio Nacional, institución que reúne a la intelligentsia mexicana del arte y la ciencia; se trata de la cuarta persona dedicada a la música que ingresa a ese claustro de sabiduría aplicada fundado en 1937, hecho no menor, a la luz de los grandes compositores que la preceden: Carlos Chávez, Eduardo Mata y Mario Lavista.

Además de agradecer la distinción, Gabriela Ortiz planteó en su discurso de ingreso una idea que converge en la ética y la estética del arte sonoro, que hoy quiero exponer de nuevo: la música no se doblega ante los marcos mercantiles o los caprichos de la propiedad intelectual, un ejercicio de soberbia tan inútil como intentar auditar las leyes de la gravedad.

La música no le pertenece a nadie, ya que habita en una dimensión radicalmente autónoma y transformadora, donde los seres humanos no actúan como propietarios, sino como rehenes voluntarios de su vibración.

En su cenit, la música constituye el logro cognitivo y evolutivo supremo de la especie; es un puente en el que convergen la identidad, la memoria colectiva y la exploración sensorial más honda. Antes que ser, como a menudo sucede, un mero ornamento decorativo o un pasatiempo, la música opera como la arquitectura invisible que sostiene aquello que las palabras abandonan por desgaste; Jorge Luis Borges lo definió magistralmente en “El fin”: “Hay una hora de la tarde en que la llanura está por decir algo; nunca lo dice o tal vez lo dice infinitamente y no lo entendemos, o lo entendemos, pero es intraducible, como una música…”

Pretender mercantilizarla o encasillarla en cuotas de mercado o reducirla a un activo contable es ignorar por completo su naturaleza esencialmente “salvaje”: las personas no poseen la música, son poseídas por ella.

Me refiero a lo siguiente: cuando la razón instrumental intenta someter al arte mediante contratos, algoritmos de consumo o patentes comerciales, choca contra un muro de irreductibilidad estética. El sonido escapa, se desliza entre los dedos del capital porque su génesis responde a impulsos inmateriales que anteceden a la civilización misma.

En ello insistió Gabriela Ortiz: la memoria colectiva que resguardan los pentagramas y las ejecuciones en vivo no es un bien de consumo masivo; es, en cambio, el archivo vivo de la experiencia humana. Cada vez que una orquesta ejecuta una obra compleja, se reactiva un mecanismo de supervivencia digámosle “antropológica”, ya que la música organiza el caos del entorno, dándole un sentido estructurado al dolor, al júbilo y al tránsito temporal de nuestras vidas; es un fracaso anunciado cualquier intento de domesticación mercantil.

Esta perspectiva deja en claro que la experiencia estética genuina devora al espectador y lo despoja de sus certezas cotidianas, para sumergirlo en un estado de pasividad receptiva y el ego se disuelve. No hay ego donde la música domina.

Las transacciones económicas son incapaces de comprar esa sujeción voluntaria del individuo a la música. El sonido exige entrega absoluta y, a cambio, devuelve la certidumbre efímera de pertenecer a algo infinitamente mayor que nuestra propia contingencia biológica. La especie ha construido muchas herramientas para dominar el mundo físico, pero ninguna tan subversiva ni tan celosa de su libertad como la música. Que lo diga la compositora más importante del México actual es, a no dudarlo, una aportación insoslayable.



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Porfirio Hernández
  • Porfirio Hernández
Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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