En la pista de baile el reloj del mundo se apaga y da lugar a la duración pura en la que ocurre una transformación profunda de la conciencia corporal, como bien lo definió el filósofo francés Henri Bergson.
En el bullicio del baile, donde los cuerpos se alinean desde la improvisación, suele imperar una sutil pero implacable dictadura: la del recuento obsesivo de los compases (1, 2, 3… 5, 6, 7) combinado con la urgencia de rellenarlos con una figura. Sin embargo, cuando la práctica se asume con un espíritu maduro, ocurre un giro que el sociólogo Pierre Bourdieu sintetizó magistralmente: “La práctica no está en el tiempo, sino que hace el tiempo”.
Hallé el aforismo en el libro Meditaciones pascalianas (1969), que rinde homenaje al filósofo Blaise Pascal y, al mismo tiempo, construye una reflexión profunda sobre la urgencia y el ocio creador.
Para el principiante, o para quien sigue atrapado en la ejecución puramente técnica, el compás musical se experimenta como una estructura rígida: es común escuchar el eco mental del conteo: uno, dos, tres... cinco, seis, siete. Aquí, la música actúa como un molde al que el cuerpo se somete; el movimiento se automatiza y el baile se reduce a un ejercicio de sincronización. Pero cuando la práctica se decanta, el compás deja de ser un límite para convertirse en material maleable.
El bailarín habita el ritmo: lo alarga, lo comprime, lo suspende, lo acelera; antes pensaba: “tengo que llegar al 3 en este segundo”; después comprende: “este 3 lo voy a hacer respirar; lo voy a sostener un instante más para sentir el peso de la pausa”. El tiempo deja de ser aquello a lo que te sometes de manera pasiva y pasa a ser lo que creas de forma activa con tu propio cuerpo.
Esta nueva relación con el tiempo disuelve las fronteras artificiales de la vida cotidiana y funde el mero entrenamiento técnico en una experiencia profundamente individual; quien verdaderamente hace el tiempo no fragmenta sus días en compartimentos, ni separa los momentos de esfuerzo del resto. La práctica genuina, animada por la búsqueda de un lenguaje claro (y estético), asimila el tiempo del estudio con el de la propia existencia, el ensayo mismo es la realización plena del presente continuo. Al dedicar, por ejemplo, diez minutos del calentamiento a repetir una secuencia sin el objetivo obsesivo de concluir, el bailarín observa cómo el movimiento cambia su textura íntima: si en el primer intento el tiempo se percibe rápido, en el décimo se vuelve denso.
Esta maestría temporal adquiere su máxima expresión en la improvisación y el baile social, donde el ejecutante se erige como dueño absoluto del instante.
Aludiendo al célebre aforismo de Pascal y Bourdieu, el buen jugador no se sitúa jamás en el lugar exacto donde se encuentra la pelota, sino en el punto preciso donde esta va a caer. En la danza con espíritu maduro, este principio es radical: quien hace el tiempo no se anticipa de forma puramente intelectual al siguiente paso, pues sabe que el cálculo racional rompe la fluidez de la conexión; ejecuta, en cambio, una inteligencia corporal que lee el entorno: aquí el espacio se abre, aquí el peso de la pareja reclama el eje, y el organismo ya está respondiendo sin ansiedad.
En el quehacer diario, el mayor enemigo de la expresión es la prisa, esa que ahoga el pensamiento. Cuando la urgencia por concluir domina la mente, el cuerpo se mecaniza y el tiempo recupera su tiranía; en cambio, al entrar en ese estado de flujo donde la música y el ejecutante se funden en una sola sustancia, el cronómetro se desvanece para dar paso a la duración pura.
Esa es la gracia que se percibe desde fuera: la presencia absoluta en esos instantes sagrados donde el movimiento, por fin, suspende al mundo.