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Viernes , 19.04.2019 / 14:06 Hoy

El desafío del pensar

Por una cultura de armonía

Paulina Rivero Weber

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La humanidad ha plagado el mundo de dioses. Los griegos tenían, como podría decir Pessoa, un dios en cada rincón: si una quería persuadir, pedía ayuda a Pistis; si quería enamorar, a Afrodita; si se trataba de pensar con racionalidad, a Atenea; para el arte siempre se pedía la ayuda de Apolo, y para vivir la fuerza natural de la vida, estaba Dionisio, el dios de la vida salvaje, de la vegetación y la naturaleza.

Dionisio era un dios bello, tanto en monedas como en cerámica antiguas aparece alto, espigado, de cabello rizado. Pero también se simbolizaba como un enorme macho cabrío y, a veces, como una figura humana con patas de cabra, aludiendo con ello a la vida silvestre, la vida natural en el campo.

Sea como fuere, ese dios griego no era en nada parecido a Baco, su remedo romano ya “civilizado”: gordo, borracho y ridículo. En Grecia, Dioniso era otra cosa, porque la naturaleza y sus instintos básicos no eran vistos como algo ridículo, sino como algo digno e importante.

Los antiguos griegos sabían que los instintos naturales no son caos y mera borrachera, que la naturaleza se auto-regula y que el ser humano puede confiar en esos instintos auto-reguladores, creadores y constructivos. La concepción de los instintos no implicaba el desorden ni la muerte, como lo era para el antiguo pueblo tracio; para el griego, los instintos conducían al ser humano a crecer en armonía.

Ese dios de los instintos se resignificó con el cristianismo: conforme el ser humano se civilizó, se alejó de la naturaleza al grado de considerar sus instintos más básicos como algo “malo”. De ahí que el macho cabrío represente ahora la contrafuerza de un dios único y omnipotente: el Diablo.

Debemos de preguntarnos qué tan responsables son las religiones, del caos en el que se encuentra hoy en día la naturaleza: si la concebimos como lo más digno, lo más elevado, quizá podamos tener otra relación con ella. Haría falta un nuevo dios de la naturaleza, capaz de crear orden, mesura y armonía entre el ser humano y la naturaleza, de la cual es tan solo una parte.

Que estas fiestas que antiguamente celebraban la primavera sean de descanso, alegría y armonía para todos mis lectores.

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