Cultura

Memoria y olvido –IV y último–

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Conforme llego al final de esta aventura de pensar, me acompaña la sensación de querer compartir algo cuya importancia percibo con claridad, aunque su significado último siga escapándose de mis manos como agua. Intuyo que he llegado a una idea importante, pero no consigo apresarla del todo. Tal vez escribir estas últimas líneas me ayude a comprender aquello que apenas alcanzo a vislumbrar.

En Funes el memorioso, Borges presenta a un individuo con memoria absoluta: le es imposible olvidar. Ireneo Funes recuerda todo con la misma intensidad del momento. “No sólo recordaba cada hoja de cada árbol de cada monte, sino cada una de las veces que la había percibido o imaginado”. Funes conocía y recordaba las aborrascadas crines de un potro del mismo modo en que conocía y recordaba una circunferencia en un pizarrón, un triángulo rectángulo o un rombo, formas que podemos intuir plenamente.

La memoria absoluta de Funes era capaz de retener cada particularidad del presente. No sólo las particularidades de un perro, sino las particularidades del mismo perro a lo largo de cada movimiento, de cada rayo de sol y de cada sombra que recibía en el cuerpo. Con esa memoria absoluta, sin embargo, Funes no podía abstraer lo general de esas particularidades: no podía crear el concepto que englobara toda esa inmensa gama de diferencias en una sola idea. Y en eso consiste pensar.

Pensar requiere ver un árbol como un árbol, independientemente del tipo de árbol que sea o del número de hojas que posea. Borges recuerda que Locke, en el siglo XVII, postuló un idioma imposible en el que cada cosa individual, cada piedra, cada pájaro y cada rama tuviera nombre propio. Eso era lo que conocía Funes: la particularidad de cada entidad. No el concepto “árbol” o el concepto “perro”, sino cada árbol visto con cada una de sus hojas y cada perro visto con sus propias particularidades.

Para poder pensar, nosotros englobamos todas esas diferencias en un solo concepto. De manera que el perro es perro independientemente de si mide diez centímetros y pesa un kilo o si mide metro y medio y pesa noventa kilos: sea un “chihuahua” o un “gran danés”, el concepto “perro” incluye todo perro posible. Lo mismo sucede con todo: el proceso de pensar consiste en subsumir la multiplicidad de características de un ente bajo una sola categoría a la cual llamamos “concepto”.

Todo esto es así porque el mundo contiene infinitos individuos particulares y la mente humana necesita abstraer semejanzas para poder pensar. Por eso creamos términos generales: “árbol”, “perro”, “mesa”, “persona”. Sin abstracción no habría pensamiento práctico ni lenguaje funcional. Borges narra que a Funes “no sólo le costaba comprender que el símbolo genérico perro abarcara tantos individuos dispares de diversos tamaños y diversa forma; le molestaba que el perro de las tres y catorce (visto de perfil) tuviera el mismo nombre que el perro de las tres y cuarto (visto de frente). Su propia cara en el espejo, sus propias manos, lo sorprendían cada vez”.

Si cada ente tuviera un nombre individual, sería imposible pensar. Le damos un nombre propio a quienes arrancamos de la generalidad del mundo para otorgarles un lugar singular: mi perro no es simplemente un perro, es Pitt. De hecho, me molesta cuando, ante mis cuidados, mi esposo me espeta un: “pero si es es un perro”. No: no es un perro; es un ente particular al que estoy ligada por el afecto y por eso tiene un nombre. Pero si cada perro tuviera para mí esa misma particularidad y le diera un nombre, y si lo hiciera con cada ente de mi mundo, me sería imposible pensar.

Nombrar arranca a los entes de la homogeneidad para volverlos únicos, porque lo son para quien los nombra. Pero para pensar, lo sabían muy bien los griegos, es necesario encontrar la característica universal de las particularidades; hallar la unidad en la pluralidad, aquello que une al conjunto llamado “perros”, “nubes” o “árboles”.

Sin embargo, conforme avanzo en esta reflexión, viene a mi mente una de las muchas genialidades del escritor, director y productor cinematográfico Christopher Nolan: Inception. En esa película hay un momento en que el protagonista intenta saber si está interactuando realmente con su esposa o si está soñando. Descubre que está soñando cuando comprende que la mujer que tiene delante es demasiado simple. Su verdadera esposa, dice, era mucho más compleja que esa representación. Precisamente por eso comprende que no es real.

La realidad es compleja. Las diferentes formas y colores de las nubes difieren unas de otras, pero no podríamos pensarlas si no las subsumiéramos bajo un concepto único que las abarque a todas independientemente de su tamaño, forma o color: el concepto “nube”. Lo mismo ocurre con todos nuestros conceptos: se refieren a una realidad que fluye y no deja de cambiar, pero para apresarla y comunicarla nos vemos obligados a congelarla en categorías generales. Congelamos el devenir para poder pensarlo.

Y aquí aparece un problema. Los conceptos son indispensables, pero también empobrecen aquello que intentan captar. Al fijar la realidad en una palabra, se quedan fuera los matices. Un riesgo que el budismo y el taoísmo advierten en el pensamiento conceptual es precisamente ese: conocer la realidad únicamente a través de conceptos implica conocerla a costa de sus particularidades. Una nube nunca es igual a otra, del mismo modo que una persona nunca es idéntica a otra. Pero ni siquiera una nube permanece idéntica a sí misma. Todo cambia. Sí: es imposible bañarse dos veces en el mismo río, porque nuevas aguas corren tras las aguas, como diría Heráclito.

Por eso resulta enriquecedor situarse frente a la realidad sin nombrarla inmediatamente; permanecer de manera contemplativa ante la fugacidad y el cambio constante, viviendo ese instante único e irrepetible. Pero más que recordar cada cosa como Funes, la idea sería vivirla como él la vivía —captando cada una de sus particularidades— sin pretender fijarlas para siempre en la memoria.

En lugar de una memoria constante, se trataría de un constante dejar ir. Eso es lo que la práctica meditativa exige: no sólo la capacidad de suspender por un momento la conceptualización y por lo mismo, dejar de pensar, sino también la capacidad de no aferrarse a lo vivido. Funes y un monje budista perciben la multiplicidad sin reducirla inmediatamente a conceptos, pero el monje no queda atrapado en ella. La mente de Funes está atiborrada; la del monje está vacía. Ambos perciben las múltiples particularidades de la existencia, pero Funes no puede olvidarlas; el monje se desapega de ellas.

Por eso el monje puede pensar, aunque también sabe que el lenguaje racional en el que todos nos expresamos —el lenguaje en el que yo misma escribo ahora— es incapaz de expresar el infinito y delicado tejido de filigrana de la realidad. Por eso, más que estudiar, el monje requiere practicar.

Funes no puede pensar porque recuerda cada aquí y cada ahora. El monje puede pensar porque sabe olvidar. Nietzsche lo comprendió bien: el olvido no es una falta ni un error: es una fuerza activa y positiva, necesaria para poder vivir.

Las laminillas órficas recomendaban evitar las aguas de Leteo y beber de las de Mnemósine. Para el budismo y el taoísmo, la verdadera sabiduría consiste en comprender cuándo es necesario beber de cada una.

La memoria nos permite ser funcionales; el olvido permite la contemplación. La memoria constituye nuestra identidad: el olvido, nos libera de ella y nos deja en la conciencia plena del instante.

Lo decía Machado: Hay dos formas de conciencia: una es luz, y otra, paciencia. Dime tú: ¿cuál es mejor?


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Paulina Rivero Weber
  • Paulina Rivero Weber
  • paulinagrw@yahoo.com
  • Es licenciada, maestra y doctora en Filosofía por la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Sus líneas de investigación se centran en temas de Ética y Bioética, en particular en los pensamientos de los griegos antiguos, así como de Spinoza, Nietzsche, Heidegger.
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