Ante la invasión norteamericana a Venezuela, las opiniones se han dividido. Por un lado, están quienes, aunque resulte increíble, aplauden o al menos justifican la invasión norteamericana; por otro, quienes también de modo increíble defienden abiertamente el gobierno de Maduro. La polarización proviene de una creencia maniquea: uno de los dos hechos tiene que ser bueno y otro, malo. Esto conduce a la imposibilidad de sostener una mirada crítica capaz de rechazar la intervención imperial y, al mismo tiempo, condenar un régimen autoritario. Cuando el debate obliga a elegir un solo “mal absoluto”, la discusión se degrada en bandos y la complejidad desaparece.
La crisis económica, humanitaria y migratoria en Venezuela es innegable. Pero aceptar la invasión a un país es respaldar la ley del más fuerte, en este caso, aceptar que Estados Unidos decida, por la fuerza, qué se vale y qué no se vale en el mundo. Hoy decide invadir Venezuela; mañana a ver a quién le toca. Es diferente ejercer presión internacional para acabar con una tiranía —esa sería una opción— que llevar a cabo una invasión. James Monroe dijo “América para los americanos” ante una Europa imperialista e invasiva. La historia reinterpretó “América” como el continente y “los americanos” como los Estados Unidos y Trump lo actúa: “en el continente mandamos nosotros”.
Maduro es indefendible, pero también lo es una invasión a cualquier país. Estados Unidos sabe bien que invadir y derrocar un gobierno es menos difícil que construir uno nuevo. Porque al invasor lo último que le interesa es crear justicia: a Trump no le preocupa ni Maduro, ni mejorar el nivel de vida de los venezolanos, ni el bienestar de los 7.9 millones de migrantes, ni la defensa de la democracia, ni el narcotráfico en Venezuela. Estados Unidos no tiene amigos ni enemigos: tiene intereses, y esa es la lógica de la política exterior norteamericana. Sus alianzas, al igual que sus ataques, no son fines en sí mismos: son, como diría Nietzsche, máscaras de los verdaderos intereses detrás de sus acciones.
¿Qué le interesa a Estados Unidos de Venezuela? El petróleo, por supuesto. Pero también la hegemonía: Venezuela ya era aliada de países enemigos de Estados Unidos y esta invasión ha implicado un “hasta aquí” a China y a Rusia. El interés de Estados Unidos en Venezuela no responde a valores morales o humanitarios: ese discurso funciona solo para legitimar acciones que en realidad responden a intereses ajenos a todo aquello que dicen defender.
En Gaya ciencia, Nietzsche atribuye a Turenne la frase: “Carcasse, tu trembles? Tu tremblerais bien davantage si tu savais où je te mène” — ¿Tiemblas, osamenta? Más temblarías si supieras a dónde te llevo.
Y yo pienso: ¿tiemblas, osamenta? Más temblarías si supieras a dónde pretende llevarte tu vecino del norte.