A quienes desde su trinchera luchan
contra la tauromaquia, con amor.
¿Pudiera ser la capacidad de razonar un error evolutivo? Es extraño escuchar esa pregunta, pues por lo general valoramos esa capacidad por encima de cualquier otra. Yo misma me dedico al ejercicio constante de esa capacidad a través de muchas actividades: la preparación de mis cursos en la UNAM, la escritura de artículos y libros de diversa índole, el diálogo en los congresos, en fin, a eso me dedico. ¿Cómo puedo pensar siquiera que la capacidad para razonar pudiese ser un error evolutivo?
Antes que nada sería preciso explicar qué quiero decir con un “error evolutivo”. Como lo comenté en mi última entrega, Darwin consideró que los ojos del topo, cubiertos por párpados sellados, eran un error evolutivo. Lo que esto quiere decir y lo que importa resaltar es que la evolución avanza experimentando: no es “perfecta” ni implica un camino ascendente, ni implica tampoco una idea de un progreso dirigido siempre hacia algo “mejor”, no. La evolución se despliega sin un orden racional.
En su despliegue surgió un ser capaz de pensar. Esa capacidad le llevó a crear muchas cosas: desde el arte más sublime hasta la más elemental o la más compleja tecnología. ¿Y dónde hemos llegado gracias a esa capacidad de pensar? De acuerdo con Yuval Noah Harari (y el dato lo ha respaldado el doctor José Sarukhán en el reciente congreso del Colegio de Bioética), hemos invertido por completo el equilibrio del planeta.
En sus orígenes el ser humano representaba aproximadamente entre el 4 por ciento y el 6 por ciento de la masa biológica, esto es, de la vida en el planeta. El restante 96 por ciento eran otros animales y plantas, ¡una biodiversidad sorprendente! Hoy, nos dice el citado historiador y el mencionado ecólogo, se ha invertido ese número: solo hemos dejado sobrevivir a un 4 o 6 por ciento de la vida en el planeta, lo demás lo hemos aniquilado.
Entonces ¡parece que no nos salen las cuentas! Esa maravillosa capacidad para pensar, que en lo personal disfruto tanto, está o debiera estar en tela de juicio porque la hemos aplicado de tal manera que pusimos en jaque mate al planeta. Si no logramos remediar esta situación, la biodiversidad llegará a cero. Pero si eso sucediera, se acabaría la vida humana también porque no habría vida de la cual alimentarnos. Todo esto no es “culpa” de la razón, evidentemente ha sido su mal empleo. Si alguien mata con un bat de beisbol, la solución no es dejar de producir bates de beisbol sino no emplearlos de la manera adecuada. Es preciso educar a la población, explicarle por qué matar o hacer sufrir a otro ser sintiente es éticamente incorrecto. Existen decenas de argumentos en pro de lo anterior, quizá el más obvio es “no hagas sentir a otro ser con capacidad de sentir lo que no te gustaría que te hicieran sentir a ti”.
Pero filosóficamente Nietzsche viene al caso porque realizó una crítica radical a la razón que permite ver con claridad qué es lo que está en juego. La razón, considera, es una capacidad humana entre muchas más, pero ni siquiera es la más importante ni la más fecunda. Hemos sobrevalorado esa capacidad y a cambio hemos denigrado otras capacidades que son más fructíferas: el conocimiento sensible, la intuición, el instinto y en general todo género de conocimiento prerracional. Porque siempre, antes de razonar, ya hemos abierto nuestra sensibilidad a aquello sobre lo cual vamos a razonar. Es lo que Heidegger llamó “el momento de la verdad”: cuando nos abrimos a algo que no habíamos visto, captando, sentido. Esa momento previo al razonamiento es muy valioso y la filosofía, desde Platón, lo ha menospreciado. ¿Cómo abrirse a ese tipo de conocimiento? Moviéndose de la zona de confort. Veamos un ejemplo.
Supongamos que, como algunas personas, un individuo está acostumbrado a “las tardes de toros”. Pero una buena tarde, el toro grita, llora y su ojo se detiene en él, ¡lo mira! Entonces comprende su dolor, su aturdimiento, su sufrimiento. Él pastaba en una verde dehesa y de repente todo cambió: se vio encerrado en un ruedo del cual no puede huir y está rodeado de gente que grita, que es feliz con su dolor. El toro llora, bufa, siente el brutal dolor en partes del cuerpo que antes ni siquiera sabía que existían. No puede más con esa pesadilla: no puede más.
Para una persona acostumbrada a ver este tipo de espectáculos como algo “normal” o incluso con gusto, ese momento de empatía implicaría un cambio radical, una verdadera revolución. La mayoría huye de esto: ¿para qué moverse de la zona de confort? Yo diría que para ser mejores personas, para responsabilizarse de la vida, para luchar contra el sufrimiento de otros seres. Porque poder ver el dolor del toro y sentirse atravesada por ese dolor, desear que no sufriera y que ningún ser sintiente pasara por semejante tormento, implica dejar de ver como “arte” lo que antes se veía de esa manera; implica abrir nuestra sensibilidad al dolor ajeno, compartir su dolor, sentir compasión y esa, decía Darwin, es la cualidad más excelsa con la que un ser humano puede contar. Y son los momentos prerracionales los que nos abren al dolor o a la alegría del otro. Hay cualidades prerracionales que es necesario educar y ejercitar.
“Qué felices se ven los pececillos”, decía Zhuangzi. “¿Desde dónde puedes afirmarlo?”, preguntó su alumno. “Desde este puente”, ironizó el maestro. ¿Qué quiso decir? “No necesito razonar para comprender la alegría o el dolor animal: basta con abrir mi sensibilidad a él”.
Cuando eso sucede, no se puede soportar el dolor ajeno. Su dolor es mío: lloraré con el toro por cada ser sintiente torturado, por cada niña, por cada niño, por cada ballena, por cada ave, por cada toro. Dejaré de comer su carne, mi vida cambiará porque estaba ciega y hoy pude ver. Y trataré que los demás puedan algún día ver y comprender el dolor animal, eso es ser animalista. Y es la actividad más olé a la que puede aspirar un ser humano.
Hace falta una educación de la sensibilidad humana.