En la mitología judeocristiana, como en muchas otras, el ser humano ocupa un lugar exclusivo en el orden de la creación: fue creado a imagen y semejanza de Dios. Con base en esa idea la humanidad ha construido una sociedad en la que él ha sido centro axiológico.
Existe una versión laica de esa ideología: el ser humano es el único capaz de razonar; ha creado ciencia, arte, filosofía y tecnología aplicada, y por ello es superior a cualquier otro animal. Esa forma de ver la vida se conoce en filosofía como “antropocentrismo”; del griego ánthropos: ser humano.
Cambiar la perspectiva antropocéntrica, es tan difícil o más de lo en su momento fue cambiar de la visión ptolemaica del universo por la copernicana.
Hoy la bioética cuestiona el antropocentismo: ¿con base en qué podemos decir que somos un ser superior a cualquier otro animal? ¿Con base en el valor de la razón, de esta capacidad para pensar deductivamente y construir ciencia, técnica y filosofía? Pero son los frutos de esa misma capacidad los que nos han conducido a destruir el planeta. ¿En dónde queda la supuesta superioridad humana cuando su fuerza principal se torna contra la vida misma?
Dejar atrás el antropocentrismo debe conducirnos a comprender que el ánthropos es un ser que no posee capacidades “superiores”, sino simplemente diferentes. En la ciencia evolutiva es patente que carecemos de muchas habilidades que hemos menospreciado: movernos como lo hace una bandada de peces, anticipar el peligro de un tsunami o vivir en paz, como lo hacen muchas otras especies.
Al no valorar por igual la vida de los demás animales hemos destruido sus hábitats y con ello tenemos al planeta en jaque. La “revolución copernicana” que hoy hace falta es una ecológica, que conduzca a respetar a todo ser viviente y al planeta. Somos vida que se alimenta de vida: no hay de otra. Pero urge hacerlo con el respeto necesario.