Política

¿Nos vio la cara?

Infundado o no, el mito de que las personas muy inteligentes son muy despistadas sigue siendo vigente. Con frecuencia olvidan nombres de personas y calles, aniversarios, el sitio donde estacionaron el coche, dejaron las llaves, teléfono e, incluso, la cartera. Tienen callo para explicar el absurdo y sonrojarse mientras justifican sus descuidos imposibles. Las conozco de cerca porque nuestra hija Camila, con frecuencia, nos enreda en sus despistes. Esta vez, las cosas se dieron así.

La dejamos en casa de uno de sus amigos a las 20:00 horas. Como iba retrasada salió disparada del coche sin percatarse que se cayó al piso su cartera. Pasaron más de 30 minutos sin darse cuenta del extravío. Supo de éste a través de un mensaje donde su hermana le advertía que estábamos hablando con un repartidor de DiDi que la había encontrado.

La estrategia de éste fue mensajearnos en tono críptico: “Tengo algo de Camila”. Imaginándose lo peor, mi esposa apretó la quijada y le pidió más información para asegurarse que hablábamos de la misma Camila. Él reviró preguntándonos si ella traía consigo el INE y la licencia cuando salió de la casa con número tal, dato que nos puso los pelos de punta. “Por seguridad”, sugirió, “podemos vernos en un lugar intermedio o voy a su casa para entregárselas en la mano”. Jamás había visto tanta rapidez en una entrega.

Sobre la acera, con todo lujo de detalle, nos explicó lo que implica reponer esos documentos, los problemas que enfrentó cuando extravió la suya y la rabia que le causó que nadie del barrio tuviera la decencia de devolvérsela y otras leyendas urbanas que cerraban con una enseñanza moral. Al borde de la lágrima, le extendimos un billete para compensar la nobleza del gesto. Agradeció y se puso a la orden: “Tienen mi teléfono para lo que se les ofrezca”. Abordó su motocicleta y a las 21:20 retomó sus entregas.

Horas más tarde, tras la larga perorata que le echamos sobre la increíble fortuna de habernos topado con un repartidor educado y honesto, Camila se disculpó y con una sonrisa incrédula agradeció que éste hubiera dado la cara, porque “el banco ayer me mandó dos notificaciones rechazando dos cargos, uno por 854 y otro por 5 mil 710 pesos. Fondos insuficientes”. “¿A qué hora hicieron el cargo?”, reparé, “a las 20:45”.

¿El repartidor nos vio la cara? Creo que no. De esto le cuento en otra entrega.


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Pablo Ayala Enríquez
  • Pablo Ayala Enríquez
Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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