Estábamos a punto de llegar a Ixtlahuacán de los Membrillos cuando nos vimos de frente con un enorme camión de bomberos. Imposible bordearlo porque ocupaba todos los carriles, incluido el acotamiento.
Con la voz grave y el rostro cargado de angustia, gruñó el bombero: “Regresen y resguárdense”. “Disculpe solo queremos llegar a Tlaquepaque y de ahí pasar al aeropuerto para tomar un vuelo”, contesté. “Señor, regrésese y resguárdese”. “Necesitamos pasar para poder tomar un avión, créame que no lo podemos perder”, insistí. “Sí, sí, entiendo, pero ahora es preferible que lo pierda; resguárdense”. “Disculpe, ¿pasa algo?”. Aunque el tono de sus respuestas siempre fue amable, no pudo sostener su impostura. “Señor –apuró con desesperación–, lo único que le puedo decir es que no hay forma de entrar a Guadalajara por carretera, todas las vías están cerradas; retorne y resguárdense, y no intente irse por las brechas, es muy peligroso transitar por ahí; dese la vuelta y resguárdese en el sitio de donde viene, pero ya”. Los apurados “resguárdense” me hicieron entender que lo que antes creí que eran incendios provocados por agricultores que preparaban sus tierras, era una cuestión mucho más grave e inquietante.
Muy pronto comenzamos a recibir mensajes del tipo: “¿Cómo están”; “¿Todo bien”; “Aún vienen en carretera”; “Ya están en Ajijic?”; “Vengan a nuestro hotel y quédense con nosotros”. Pisé el acelerador. Fue increíble ver cómo en no más de 30 minutos, el talante tranquilo del pueblo había cambiado por completo. Se respiraba el miedo. El insistente repicar de las campanas llamando al encierro erizaba la piel. Ahora el problema era asegurar una habitación. La conseguimos acompañada de una advertencia: “Estamos en alerta roja, porque hay toque de queda; en un momento más nadie podrá salir ni entrar al hotel”. “Perfecto”, dije. Mi respuesta tranquila inquietó a mi esposa e hijas. “Papá, no puede ser que estés tan tranquilo”, reclamó la más pequeña.
No hubo necesidad de preguntar nada más. Mis dudas fueron despejadas por un hombre que llegó al mostrador con los ojos bañados de susto: “Intenté llegar a Guadalajara por las brechas; en todos lados hay gente armada del Mencho. Lo agarraron en Tapalpa; en las redes están diciendo que lo mataron”.
Al día siguiente reemprendimos el viaje. Tantos tráileres y coches incinerados nos hicieron sentir y saber el lugar exacto donde nos encontrábamos: la indefensión. Fue en ese justo momento que ya no pude ocultar el miedo.