Esta semana escuché a una persona despotricar contra Epicuro. Abrió su micrófono y dijo: “Lo que sucede a nuestro alrededor es el resultado de dar la espalda a las virtudes y abrir los brazos al hedonismo de Epicuro”.
La vehemencia del juicio rayaba en lo convincente. Algunos asintieron arqueando las cejas y apretando la boca hacia abajo como seña de convencimiento. “¿Entonces, habernos vuelto epicúreos nos tiene aquí?”, –repliqué–. “Vivir los valores epicúreos nos llevó a renunciar a las verdaderas virtudes”, respondió indignado el quejoso, cerrando cámara y micrófono.
No quiero lloriquear sobre mis desencuentros en los cursos que imparto por Zoom. Mi interés es darle un garrote fatal a un prejuicio común en torno a este tan injustamente tratado paradigma de la ética: el hedonismo.
Además de ser uno de los filósofos griegos más prolíficos de su tiempo, Epicuro defendió que “El placer es el principio y el fin de la vida feliz”, lo cual, para efectos prácticos, significa que la vida moral consiste en vivir placenteramente, evitando padecer dolor. Y, justamente, dicho fin resulta ser fuente de muchas confusiones.
La vida placentera referida por Epicuro no tiene que ver con aplastarnos en el sillón y pasar las horas contemplándonos el ombligo. Si lo fuera, este placer es efímero y, por tanto, inferior, ya que es posible compartirlo con cualquier otra bestia – gatos y perros, por ejemplo, disfrutan echando hueva en los sillones, y no por ello decimos que su vida se ha realizado–.
En cambio, los placeres superiores son sostenibles en el tiempo. Al ser espirituales se dejan guiar por la virtud de la sabiduría, amistad, el aprecio por lo simple, la contemplación y, entre otras, la frugalidad.
Para lograr lo anterior, había que desterrar el miedo a la muerte, al dolor físico, al destino y los dioses –las fuentes del dolor–. Si por estar vivos la desconocemos y muertos no la podemos sentir, ¿por qué temer a la muerte?, –decía Epicuro–. Si el dolor físico desaparecerá en algún momento, el destino está predicho, o nosotros lo hacemos, y no tenemos certeza de que los dioses nos odien –existan o no–, ¿por qué temer a todo ello?
Si este es el hedonismo promovido por Epicuro, pues bienvenidos los placeres epicúreos, ¡que tanta falta nos hacen!
Pablo Ayala Enríquez