La experiencia comenzó en las respectivas terminales. Paseo Destino (así se llama la de autobuses de Puebla), me pareció bastante cercana a lo que habitualmente se ve en “el primer mundo”: limpia, amable al olfato, bien señalizada, ordenada, segura y puntual. Por el contrario, los aeropuertos de Monterrey e Internacional de la Ciudad de México son un caos que contagia a los pasajeros.
Dentro del avión, ¡qué le digo! No bien termina de acomodarse el avión en la rampa de llegada cuando los modernos cromañones saltan de su asiento para quedarse varados en el pasillo central, ignorando los ruegos de capitanes y sobrecargos para que nadie se levente hasta que la aeronave esté completamente detenida. Sin piedad ni rubor alguno, los ocupas del pasillo central se esmeran en embarrar su aromática y gelatinosa humanidad a quienes aún permanecemos sentados.
Un par de comentarios y gestos de fastidio de la señora que venía a mi lado me hicieron recordar que, al calor del enfado, es fácil confundir ética con moral, moral con religión, ciudadanía con civismo y civismo con esa cortesía mínima que debería tener cualquier persona medianamente educada. Me explico.
La rupestre tozudez de quienes desoyen los ruegos de la tripulación no es un acto ilegal, porque no existe una norma jurídica que impida a estos gandallas estrellarte en la cabeza la portezuela del portaequipaje para intentar salir al mismo tiempo que los que viajan en la zona VIP. Inmoralidad tampoco es. Su guarra incontinencia no proviene necesariamente del afán de provocar un mal efectivo a los demás. Tampoco está en el terreno de los pecados, aunque no sería mala idea que se considerara como tal.
Aquí, el comportamiento cromañón, más que ceguera cívica, es el claro desgano por considerar ese conjunto de normas básicas de cortesía que hacen que nuestra vida y convivencia sean más gratas. Quienes sacan el cobre a la primera oportunidad no solo hacen más compleja la aventura de tomar un vuelo en este par de aeropuertos, sino que perpetúan una forma de incivilidad que nos mantiene justo en el lugar que nos encontramos.
Dejar atrás la mentalidad “subdesarrollada” exige mucho más que subirle tres puntos al PIB o aumentar y actualizar la infraestructura carretera y aeroportuaria. La escapada a nuestro rezago inicia con una educación que, entre otras muchas cosas, incluya los buenos modales; mismos que ocultan con enorme pericia muchos abominables pasajeros que viajan en avión.