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Jueves , 25.04.2019 / 15:34 Hoy

De café

Alfredo R. Plascencia

Oscar Riveroll

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En días pasados tomaba café y platicaba con un buen amigo de cosas trascendentes como el arte, la literatura y la inmortalidad del cangrejo. Al final, la charla giró en torno a la poesía y sus espectrales vaivenes en nuestra existencia. Lo primero le que dije al respecto, es que como amante de la narrativa, la poesía me había desencantado hace muchos años, incluso la taché como un simple invento para púberes y quinceañeros en búsqueda de ligue. Pero mi culto interlocutor me plantó una cachetada con guante blanco que me puso contra las cuerdas, y con justa razón, pues me hizo ver que el bucólico plectro es el motor que equilibra los extremos a los que él se ve sometido por su vida profesional, la cual dista mucho del roído mundo literario.

Mi amigo, admirador de Cesar Vallejo y Vicente Huidobro, se puso en guardia y atacó de nuevo recomendándome perdonar a la poesía, retomar su lectura y comprobar por mi propia experiencia cómo ésta puede ser una herramienta fabulosa para abstraerme de la vorágine en que la sociedad actual lleva al mundo. Hice caso, y de inmediato me puse también en guardia y releí a mi poeta preferido en la adolescencia. Alfredo R. Plascencia.

Su servidor, antes de conocer a R. Plascencia, era asiduo lector de Bukowski y Kerouac, y cómo buen adolecente revolucionario, odiaba todo lo que tuviera que ver con la literatura y la poesía clásica. Hasta que un día me topé con un el siguiente poema: “Así te ves mejor, crucificado. Bien quisieras herir, pero no puedes. Quien acertó a ponerte en ese estado, no hizo cosa mejor. Que así te quedes”. Un terrible gancho al hígado me sofocó. Todos mis prejuicios liberales caían noqueados a la lona. ¿Cómo es posible que un presbítero de finales del siglo XIX renegara de esa manera? Sí eso de renegar era exclusivo para nosotros, los punks de los noventa.

En efecto, pensé que el poema era un acto de rebeldía, pero no era así. Sólo era un soneto poético que me atrapó sin más. Por supuesto, no me di por vencido y me levante antes de la cuenta de diez. Pero ya estaba yo influenciado, la armonía de los cantos y las formas verbales rítmicas y muy básicas que el poeta jalisciense había interpuesto en sus letras habían taladrado mi cerebro.

Tan seguí en esa batalla que leí y releí mil veces a los poetas malditos, a la generación beat y otros tantos que se peleaban contra el establishment de aquel momento. Hasta que los agoté y poco a poco se fueron desvaneciendo de mi vida. Ahora, después de la charla con mi amigo, los retomo y me doy cuenta que el único poema completo en la memoria de mi cabeza es ese que describo, titulado: “Ciego Dios”. Luego entonces afirmo, que la poesía como canto y armonía, es uno de los vehículos que nos pueden equilibrar en estos tiempos extremos de fundamentalismo social.

oriveroll@hotmail.com

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