El domingo pasado, en ocasión del Domingo de Ramos, escuché una homilía que pretendía transmitirnos un par de heridas emocionales que pudo haber vivido Jesús, desde su parte humana, en el momento de la Pasión.
La primera herida que sufrió en su condición humana y que incluso la anticipó desde su divinidad, fue la de la traición. Judas lo entregó por dinero y Pedro lo negó tres veces.
La segunda, que pinta de cuerpo entero su emoción personal y su herida, fue la del abandono. “Padre, ¿por qué me has abandonado?”.
Traición y abandono en el hombre, pese a aceptar la voluntad divina del Padre.
Traición y abandono, dos heridas ocultas que muchas personas cargan durante su vida y que les generandesconfianza, deseo de controlar yotros mecanismos de defensa a través de los cuales se relacionan de manera disfuncional con los demás. Abundan historias sobre ello en adictos y codependientes, entre otras personas dañadas.
Este símil de lo que Jesús encarnó al momento de aceptar su destino mortal antes de asumir su divinidad eterna, nos lleva a hacer un par de preguntas en ambos sentidos.
¿Alguna vez nos hemos sentido traicionados? ¿Por quién o por quiénes? ¿Abandonados? ¿Cómo, por quiénes y en qué circunstancias?
Si esta herida no ha sido sanada, seguramente la sola idea de responder las preguntas logrará inquietarnos. ¡Quizás sigamos en la posición de víctimas ante un evento pasado!
Por el contrario, siendo honestos. ¿A quién, cómo y por qué hemos traicionado en alguna forma? ¿Hemos abandonado a alguien?
Responder ambas preguntas quizás nos genere más tensión porque reconocerlo puede revivir nuestros sentimientos de culpa que nadie quiere experimentar.
Junto con la humillación, la injusticia y el rechazo, la traición y el abandono son de las cinco heridas que con mayor frecuencia sufrimos en algún momento de nuestra vida.
Quizás valga la pena esta semana hacer una limpieza e inventario de cómo andamos en ambos sentidos y ponernos en paz con nosotros mismos.
Deseo que los próximos días sean de reflexión, reencuentro y de hallar la paz anhelada y hacerla parte permanentemente de nuestras vidas.