Cultura

¿Es réquiems el plural de réquiem?

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  • ¿Es réquiems el plural de réquiem?
  • Nicolás Alvarado

Es buena fecha para preguntárselo. Y no solo porque estamos por cantar las exequias de 2015 sino porque esta semana murió Kurt Masur, y con él no solo el notable director de orquesta que fue —uno con el bastante amor por su oficio para declarar que no quería ser llamado "una maravilla", que la música era la maravilla— sino acaso el siglo XX mismo, o cuando menos lo que más digno tuvo frente a adversidades e indignidades diversas, tanto en lo político como en lo musical. Nacido en 1927 en esa Baja Silesia que entonces era Polonia, que después habría de ser Alemania Democrática —es decir, todo salvo ello— y que hoy es Alemania a secas, Masur, más que recorrer la historia política del siglo XX fue recorrido por ella, pero se defendió de sus pisotones fugándose y fugándonos por el camino de la música, esa maravilla.

Terminada su formación musical en la peor mitad de un país dividido, durante largo tiempo pareció que lograba acomodarse a los caprichos antidemocráticos de la RDA, primero como director de la Filarmónica de Dresden, después de la Ópera Cómica del más bien trágico Berlín Oriental, y finalmente de la orquesta de la Gewandhaus de Leipzig. Que lo era solo de nombre, pues la sala de conciertos de marras había sido destruida por bombardeos en 1944, y erraba como erraba la música al otro lado de la Cortina de hierro en ese mundo frigibélico.

Masur habría de aprovechar el peso político que le daba su estatura internacional para orillar a las autoridades a construir una nueva Gewandhaus en 1981 y aprovecharía ese edificio de aires claramente sovietizantes en la Augustusplatz para promover no solo la música sino la democracia. Así, 1989 habría de ser el año en que, primero, convocara a los paranoides líderes de la Stasi a negociar con los músicos callejeros, impedidos por la policía secreta para desempeñar su oficio, logrando, con una hábil negociación política, sacar la música a las calles de ese régimen tan poco musical. Meses después, la Gewandhaus jugaba un rol asaz más importante en la historia de Alemania: al ver a través de las vidrieras a los manifestantes que reclamaban el derrumbe del Muro y a la policía apostada al otro lado de la plaza, lista para dispararles, se sirvió del sistema de perifoneo de la sala de conciertos para predicar el diálogo, ofreció su espacio y su mediación para llevarlo a cabo y con ello logró evitar un Tiananmen germánico.

Tras el mítico episodio, sonaría su candidatura a la presidencia de la Alemania reunificada; optaría, mejor, por lo que su amigo Simon Rattle le describiera como una tarea acaso más difícil: salvar a la Filarmónica de Nueva York de la mediocridad en que la sumiera el protagonismo de su anterior director, Zubin Metha, talentoso y carismático pero con poca capacidad para disciplinar y organizar. Masur impuso nuevos horarios y sistemas de ensayo, reconfiguró físicamente el acomodo de los atriles, se ocupó personalmente de una remodelación acústica del Avery Fisher Hall y más de sonar que de brillar. La a un tiempo sobria y conmovedora ejecución del Réquiem alemán de Brahms con que homenajeara a las víctimas de los atentados terroristas del 11 de septiembre en Nueva York bien podría constituir no solo el summum sino la suma de su carrera: poner la música no solamente al servicio de lo mejor de los seres humanos sino usarla como escudo contra lo peor.

Otro réquiem de estos días —mucho menos melódico, habrá que decir— es el que se oye ya no por Xavier López Chabelo —quien a sus 80 años de edad despliega asombrosa energía— sino por su programa En Familia, el fin de cuyas transmisiones habría de desatar una ira en redes sociales de proporciones arestiguianas. Concedido: la costumbre dominical de ver a Chabelo acompañó la infancia de varias generaciones e hizo a la educación sentimental de los mexicanos aportaciones entrañables que van del garabato colorado a la catafixia. Cierto es también que hace tiempo ya que el relato del programa, sus contenidos y su modelo de negocio resultaban anacrónicos, lo que se reflejara en sus bajos índices de audiencia. No afirmo, pues, que Chabelo —me refiero desde luego al personaje, no al hombre— merezca morir: merece un sitcom, una serie animada, un formato más acorde a los tiempos que corren. Pero afirmar que En Familia debería permanecer al aire por siempre equivale a no comprender que la televisión es negocio de lo efímero, que los proyectos terminan, que la longevidad de las personas es con frecuencia superior a la longevidad de los formatos.

La canción ha terminado pero, como dijo el letrista que dijo el compositor, el eco de la melodía resuena. Va adoptando la sonoridad del réquiem. Se va apagando. Se va agotando. Hasta que se va.

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