Una vez y otra nos volteamos a ver la una a la otra diciéndonos a nosotras mismas que no es tan grave.
No es tan grave la ropa en el piso del baño sucia.
No es tan grave despertar por la mañana con la cabeza llena de logística mientras el otro solo se escurre por la puerta, sin preocuparse siquiera de desayunar, o lavar un sartén para poder hacerlo.
No es tan grave la media hora que se avienta en el baño mientras tú tienes a los niños en llanto, la ropa desbordante en el cesto de ropa sucia y el jugo recién derramado esperando ser limpiado.
No es tan grave. Es amoroso, cumple económicamente, todos los hombres son así.
¿Entonces, si no es tan grave, por qué hace tanto tiempo no sonrío gratuitamente fuera de las sonrisas que se les prodigan a los niños?
¿Por qué para presumir de la familia feliz que he formado debo ser yo quien bañe, prepare, elija a donde ir y arrastre lejos del futbol al padre amoroso para salir de paseo?
¿Por qué hay días que no puedo levantarme por las mañanas, porque el cuerpo me pesa de tristeza y monotonía?
Pero no es tan grave, tengo el privilegio de quedarme en casa porque el hombre amable lo permite con su flamante sueldo y como él llega cansado a casa, pobrecito, yo debo seguir cuidando y atendiendo, sin tener un descanso, por lógica, me toca, ¿no?
No es tan grave, ¿cómo va a ser esto violencia? Que los trastes se reproduzcan porque nadie más lava, que cuando se ofrece a ayudar y hacerlo él, la barra queda salpicada y mugrienta y yo debería estar agradecida, en vez de enojada porque la dejó así.
No es tan grave, ¿entonces por qué hace tiempo que me da ansiedad salir a tender la ropa? Por qué siento que necesito vitaminas, y él no recuerda comprarlas nunca.
Por qué hemos durado semanas con los perros sin pasear, el refri sin limpiar, la ropa sin guardar porque al parecer, si no lo hago yo, nadie más lo hace.
Pero no es tan grave, no es violento dejarse atender al 100% a cambio de un salario mínimo, que se completa con lo que vende de Betterwere la mujer que se queda en casa haciendo “nada”.
Mientras el dueño del salario levanta los pies y da las gracias mientras la otra trapea, porque está cansado, como si supiera lo que eso significa, si supiera, que la mujer que “no hace nada” trabaja 24/7 a cambio de ningún sueldo, a cambio de ser invisible, a cambio de la carga mental silenciosa que aplasta, deprime y provoca ganas de mejor estar muerta, o lastimada, para que alguien nos cuide en cambio, un momento, solamente, para agarrar fuerzas.
Dice Rivka Galchen “Es verdad eso que dicen, que un bebé te da una razón para vivir.
Pero también un bebé es una razón por la que no tienes permitido morirte”.
Y entonces resistes y resistes, y resistes, hasta que te borras por completo, porque tuviste que crear una inmensa logística para vivir y procurarle la vida al hijo, mientras el otro que vive con ustedes simplemente sigue trabajando a cambio del sueldo promedio y finge que se esfuerza en hacer lo equivalente a lo que haces tú, pero no. Porque uno lo hace en automático, para nosotras no hay concesión alguna de tiempo, el privilegio de ellos es que los años nos pasan por encima mientras nos repetimos una y otra vez “no es tan grave, es un buen hombre, está mejorando”.
Y un día nos vemos sombras, y nos dejan porque ya no tenemos más que ofrecer y ellos van detrás de otra brillante mujer que aún no se ha anulado a fuerza de pensar que “no es tan grave”; o nos volvemos las locas, exigentes, incoherentes incapaces de seguir soportando.
No es tan grave, pero nosotras nunca ganamos realmente.