A la zona de San Jerónimo, en Monterrey, ni siquiera la nombrábamos, nos referíamos a ella diciendo: “Allí por el Mexicano”, refiriendo a la inmensa infraestructura de la fundación educativa de las Religiosas de la Caridad del Verbo Encarnado que allí se ubica. Y es que alrededor no había nada, sino el paso entre San Pedro y Monterrey. El Templo de Máter Admirabilis y, al lado de éste, las capillas Funerarias de Benito M. Flores atrajeron también cada vez más personas a esa suerte de tierra media que era para los regios ese punto.
Pero un día vino el Casino Royale. Y las visitas se hicieron más frecuentes, ya no se trataba de llevar niñas a la escuela, ni de pasar a “darle el pésame” a la comadre. Ya no era la misa del domingo. Se iba a San Jerónimo por la adrenalina del juego y por los “nuevos jales” que este giro negro suscitaba entre jóvenes que mesereaban o se estrenaban como croupiers.
Quien no se estrenaba era la mafia. Porque esa nunca ha tenido curva de aprendizaje. Porque sus intersticios están llenos de esporas que vienen desde la Prehistoria, han sobrevivido glaciaciones, prohibiciones, persecuciones y su ADN solo se fortalece en cada nuevo intento por erradicarla. Así que por qué el Royale sería diferente, por qué sus interiores semioscuros y alfombrados no serían un ambiente tan propicio como el que más para su desarrollo.
Las piedras son tercas, nunca ceden al calor. Pero cómo hablan, dicen cosas a diario. Pétreas, por definición, envían inmóviles el mensaje de lo que vieron. Y ahora, allí están en San Jerónimo, exhibiendo, nueve años después, las marcas del infierno que se vivió. Los vendedores de “seguridad” frente al horror que ellos mismos provocan se sintieron defraudados y atraparon miembros de nuestra comunidad y prendieron fuego a las instalaciones. Marcaron a las familias de 52 víctimas mortales y dejaron para siempre una cicatriz en el Monterrey que conocimos.
Politóloga*miriamhd4@yahoo.com