Hay decisiones arbitrales que se quedan en la cancha y otras que terminan jugando un partido mucho más grande. La tarjeta roja que recibió Folarin Balogun en el partido ante Bosnia y Herzegobina (por pisar el tobillo del defensor Tarik Muharemovic), y que posteriormente fue revocada por los órganos disciplinarios de la FIFA pertenece al segundo grupo.
La polémica no nació únicamente por el castigo ni por la decisión de retirarlo. Lo que convirtió el caso en un debate mundial fue todo lo que ocurrió alrededor.
En pleno Mundial 2026, con Estados Unidos como uno de los países anfitriones y con Balogun convertido en el máximo goleador de la selección estadounidense con tres anotaciones, Donald Trump celebró públicamente que el delantero pudiera volver a jugar. Antes de ello había manifestado su inconformidad con la expulsión y pidió que se revisara la jugada. En medio de esa presión, la sanción desapareció.
¿Coincidencia? Tal vez. ¿Suficiente para alimentar sospechas? Sin duda.
El contexto tampoco ayuda, pues Gianni Infantino mantiene una relación cercana con Trump desde hace varios años. Ambos han compartido actos públicos y la organización del Mundial ha mostrado una constante cercanía con la Casa Blanca. El propio presidente de la FIFA reconoció que sostuvo una conversación con el mandatario estadounidense, aunque aclaró que, como ocurre con otros jefes de Estado, se trató de un diálogo institucional y que ni él ni la FIFA intervienen en las decisiones de los órganos disciplinarios.
Y, jurídicamente, tiene razón, porque las apelaciones, las suspensiones y las revocaciones de tarjetas corresponden a comisiones independientes dentro de la estructura de la FIFA. En teoría, ni el presidente del organismo puede ordenar un fallo ni un gobierno puede modificar una resolución deportiva.
Lo malo es que en un escenario como el Mundial, la percepción pesa casi tanto como los hechos. Cuando el presidente del país anfitrión exige públicamente una revisión, cuando celebra el resultado y cuando existe una relación política evidente con el máximo dirigente del futbol mundial, la independencia institucional queda inevitablemente bajo la lupa, aunque no exista prueba alguna de una intervención.
Quizá la comisión disciplinaria actuó exclusivamente con base en las pruebas. Quizá la decisión habría sido exactamente la misma sin una sola palabra de Trump o sin la conversación con Infantino, pero cuando una resolución tan relevante coincide con presiones públicas de uno de los hombres más poderosos del mundo, la conversación deja de centrarse en el reglamento para instalarse en el terreno de las sospechas.
Y es que, en lo deportivo, hay que recordar que el árbitro había dejado correr la jugada después del pisotón de Balogun. Fue la señal del VAR la que hizo que checara la repetición, para después sacar la tarjeta roja. Bajo la regla, la entrada puso en riesgo la integridad física de Muharemovic, lo que merecía esa expulsión.