Política

Reforma Electoral: ¿el tiro de gracia?

El regreso político a la época de los setenta está muy cerca de consumarse. En estos días de “ajustes” a la iniciativa presidencial no son otra cosa que los prolegómenos a lo que atisba como uno de los más grandes retrocesos democráticos en el país. Lo que, es más, quizá la autollamada Cuarta Transformación sea un cambio, pero en sentido contrario, en reversa de lo conseguido por los mexicanos a duras penas durante las últimas décadas. A nadie toma por sorpresa ya que estaba escrito que en eso terminaría la secuencia que partió de la liquidación de los organismos autónomos que, con todo y sus muchos defectos, al menos representaron un bastión a los abusos del poder público en distintos campos. Desde el principio y más con el paso (o palo) dado con la supuesta reforma del Poder Judicial, se avizoraba el golpe definitivo. Sin embargo, a la presidenta Claudia Sheinbaum, quien no gusta de ser criticada ni cuestionada por ese segmento de población que no está de acuerdo con ella y que solamente le merece diatribas y denuestos, hoy enfrenta el reto de llevar adelante una acción que determinará su verdadero papel en nuestra historia moderna, muy grave en sus consecuencias futuras.

Veamos que hasta los súbditos de la corona se rebelan, aunque, por supuesto, con toda clase de intereses. Al simple llamado a que se legisle para que se reduzcan plurinominales y también las prerrogativas a los partidos, empezó el jaloneo interno de los cuatroteístas. Por ejemplo, los del PT manifestaron públicamente su desacuerdo, mismo que fue desactivado por Rosa Icela Rodríguez, secretaria de Gobernación, y consolidado, luego, con la misma Presidenta. Y tenía sentido ya que el PT basa el número de sus curules en la lista plurinominal, así que con los cambios sugeridos en la iniciativa llegaría a desmantelarse su bancada. Pero a algo se llegó en los arreglos hechos por Rosa Icela por instrucciones superiores, ya que a la vista ya no se dieron mayores problemas internos. Los petistas siempre han sabido acomodarse (o sus dirigentes) y llegar a algo según se presenten las circunstancias.

No obstante, ciertamente hay cuestiones de más fondo en la pretendida reforma. La idea de reducir las pluris y bajar el gasto de los partidos, no responde a una intención de ahorrar fondos al erario sino en realidad se quiere cerrar caminos a los opositores que de esta manera tendrían necesariamente menos presencia y menos recursos para revertir la situación en el futuro. El discurso presidencial es todo lo contrario. Habla Sheinbaum de una “consolidación” democrática, o lo que es lo mismo de acuerdo a su óptica: fortalecer la hegemonía de su partido y sus satélites. Por ello habla hasta en sus mañaneras con desprecio a la oposición, como si se tratara de gente ajena al país, como si no fueran prácticamente mexicanos. Ahora, claro, no solamente tiene un maestro en Palenque sino también en la Casa Blanca, quien de plano habla de los opositores demócratas con menosprecio sin límites y hasta con patanescos insultos.

Lo peor de la iniciativa que se prepara viene en lo que toca a la autonomía del INE. Ahí se gesta el peor daño a la democracia, remitiéndola a los tiempos de mayor autocracia en México. Mucho fue lo que batallaron los opositores de entonces para abrir brecha a fin de que las elecciones no fueran organizadas directamente por el Estado. Con el tiempo y a base de una lucha ciudadana y la aceptación paulatina de varios presidentes, nace el INE con un perfil no sujeto al mando presidencial ni de la estructura oficial. La propuesta de Sheinbaum, hecha como argumento bajo el supuesto de “ahorro” presupuestal, es que dicho organismo vuelva a ser parte integral del gobierno federal, quien además tendría potestades sobre la legitimidad de los procesos electoral.

La presidenta Sheinbaum se jacta de que esto y otras cosas contribuirán a la democracia que, por lo visto, para ella solamente se dará en medio de su “transformación” y la marginación de todo lo que huela a oposición, incluyendo un afán desmedido por propiciar la extinción de quienes no comulguen con su corriente. Sabemos que no es ella sola y que lamentablemente pende sobre ella el hambre de poder del cacique. Duele decirlo, pero México está lejos de ser “la esperanza del mundo”, como se atrevió a decir, sin mesura ni recato en sus palabras. La reforma en marcha que en unas semanas se aprobará sin duda alguna “sin cambiarle una coma”, puede ser sencillamente el tiro de gracia a la democracia y su derrumbe.


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Miguel Zárate Hernández
Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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